sábado, 19 de enero de 2013
El deseo del bodhisattva
lunes, 6 de junio de 2011
Libertad posfechada
como antes,
de tanto besar.
Los labios secos
a esta edad pedían:
¡Otra cosa, en otro lugar!
Váyanse, les digo,
Ustedes sin culpa
y yo sin rencor.
Allá hay otras copas doradas
y otras aguas para la sed.
Váyanse, pero váyanse ya.
Si no vuelan ahora
hechos todos alas
echaré cerrojo a la jaula
y no habrán más otra cosa o lugar
sino los que ven
que son todos los que hay.
lunes, 9 de mayo de 2011
8 de mayo del 2011. Marcha por la Paz.

Tal es la capacidad, entonces, de convocatoria de Javier Sicilia: la de un padre que está siendo ahora, incluso un poco a su pesar, padre de todos. Si “ya estamos hasta la madre” es porque no ha venido un padre que nos separe de ese avasallamiento maternal “que hace la guerra para protegernos”. Y México, para bien o para mal, siempre ha sido un pueblo con una fuerte vocación por la paternidad (el Padre Hidalgo es un ejemplo elocuente). Sicilia equilibra, así, la ecuación padre-madre como Rosario Ibarra de Piedra lo hizo en tiempos en los que lo que sobraba era paternidad, castigo y, claro, castración. Y Sicilia, que antier quería escuchar el réquiem de Mozart y que lo dejaran en paz, que quería que no lo confundieran con Lady Gaga y que le dejaran de pedir autógrafos, va a tener que decidir si quiere convertirse en ese líder histórico, en es padre, que el pueblo necesita. Sicilia, padre de un niño asesinado, ha sido llamado por la historia para ser el tejedor de las redes sociales necesarias en México para resistir el poder que nos ha conducido, digámoslo de una buena vez, a una de las épocas más oscuras y vergonzantes de la historia nacional. Cuarenta mil globos se liberaron ayer en el zócalo de la Ciudad de México, en el ombligo de la luna, en recuerdo de las cuarenta mil almas que hemos perdido en lo que va del ignominioso sexenio de Felipe Calderón. Globos que volaron, al fin y al cabo, hasta la morada del sol, el padre eterno. Una manta que leímos ayer viene a redondear la metáfora psicoanalítica de Sandy: “no todos los padres son poetas, pero todos los hijos son poesías”.
Hasta aquí ella. Yo creo que las marchas son un arma de doble filo porque pueden convertirse en una catarsis colectiva que conjure la rabia y la indignación. Por otro lado, si se saben capitalizar, pueden ser poderosas manifestaciones ciudadanas y, a la larga, alcanzan objetivos de progreso social y transformación. Sobran evidencias históricas. Sin embargo, ante la radicalización de la violencia promovida por el Estado, la resistencia social debe radicalizarse en inteligencia e imaginación. Antier leía un texto de Gilles Deleuze sobre Michel Foucault acerca del tema de la resistencia, concepto clave para entender el papel del poder en la obra del filósofo francés. Foucault no deja mucho espacio al optimismo cuando dice que la resistencia no es sino la continuación del ejercicio del poder, su contraparte, digamos y es así porque la resistencia, al volverse poder, se comporta como poder. Las dictaduras que nacieron de las revoluciones socialistas rusa, polaca y cubana son buenos ejemplos de esto. Sin embargo, Deleuze, afirma que una vez cada tanto, se encuentra el modo de resistir plegando el poder, es decir, doblando la fuerza de modo que se afecte a sí misma y deje en paz a las otras fuerzas con las que mantiene relación. En un breve ensayo la semana pasada planteé que la anorexia (idea que robé un poco de Myryam Arias, filósofa de mi total admiración, confieso) y la seroconversión parecen prácticas que doblan el mercado contra sí mismo, los discursos médicos en contra de la esperanza de vida a la que propenden, etcétera. Pero en casos mucho más grandes, como el del movimiento social al que aquí me estoy refiriendo, ¿cómo sería posible re dirigir la potencia del poder en contra de sí mismo?
He llegado a darme dos respuestas, una para el crimen y otra para la partidocracia que lo solapa. Primero: legalización de las drogas blandas, al menos de la marihuana cuya producción, trasportación y venta compone casi la mitad de los ingresos del narcotráfico. Quitarle al “narco” el “tráfico” y meterlo de lleno a la comercialización abierta, someterlo a las reglas del libre mercado, hacerlo entrar en la legalidad, en la función paterna. No es fácil para la sociedad mexicana, que a duras penas puede entender por qué los homosexuales quieren casarse y adoptar hijos, aceptar una propuesta así, lo sé. Pero hay evidencia histórica de que la legalidad rompe las redes de las mafias, es obvio. Hay que pensar, por ejemplo, en los Estados Unidos antes y después de la prohibición del licor. Salta a la vista que, el único modo de volver al narco contra el narco es abriéndole la puerta de salida de la clandestinidad. En el fondo, toda esta violencia sostiene el negocio más lucrativo del siglo, así pues ¿por qué no abrirlo por todas las de la ley a la mano de obra campesina y maquiladora mexicana? Y segundo: frente a las elecciones presidenciales del 2012, la sociedad debería preguntarse muy seriamente si lo que quiere es que, de nuevo, un partido político se haga cargo de la máxima magistratura de la nación. José Saramago logra en su novela “Ensayo sobre la lucidez” poner de cabeza el sistema político de una ciudad cuando sus ciudadanos votaron masivamente en blanco. La demanda de un nuevo pacto político, que es la demanda de la marcha de ayer, si no es escuchada (si esta semana no renuncia García Luna, secretario de Seguridad Pública, que no creo), debe hacerse oír en las urnas que son, por definición, los crisoles de la democracia. ¿Qué poder pueden tener los partidos políticos si la gente decide no concedérselo más? Lo que quiero decir con esto es que esta marcha, todas las marchas que vengan a partir de hoy, deben buscar generar movimientos sociales no alienantes, sino que, antes bien, puedan poner en crisis al poder político y criminal. El cambio depende de la crisis, esto lo sabemos desde hace mucho y comprendo que un pueblo como el mexicano tenga miedo de peores crisis que las que le ha tocado vivir desde tiempos sin principios. Es más, casi se diría que México ha vivido siempre en la crisis, pero una crisis que no progresa hacia la transformación, además de ser una pérdida de tiempo dialéctica, es una crisis que deja de ser un “estar siendo” y pasa a ser un lamentable “modo de ser”.
Tres cosas más. Uno, las bases sociales que marcharon ayer no tienen centro y no tienen color partidista. Eso es un acierto a mi ver, pero ¿esas bases sociales constituidas por padres, adolescentes, amigos, podrán apoyar movimientos como el de la legalización de las drogas blandas o el del voto en blanco?, ¿podrán ser convencidos de que la radicalización de la protesta en este sentido tal vez sea el único modo de dejar de ver muertos a los hijos, a los padres, a los amigos? No lo sé. Quince por ciento de la población del país, en cálculos de Xabier Lizarraga, harían visible la propuesta. Esos son más o menos dieciocho millones de mexicanos, cuatrocientos cincuenta veces más de los que han muerto. Dos, en todos los países donde se ha luchado contra el narcotráfico (Italia, por ejemplo), se ha tenido que tocar, de entrada las finanzas del narco; en todos los países menos en México, ¿por qué? Pues porque una investigación sobre el dinero del narco conduciría con mucha facilidad a los poderes fácticos que se enmascaran tras el Estado. La oligarquía quedaría al descubierto en sus nexos de cooperación con el crimen organizado y eso es algo que, evidentemente, al poder no le interesa. Mientras eso no ocurra, la guerra contra el narco seguirá siendo un eufemismo para no decir “terrorismo de Estado”. Y tres, por último, la Ley de Seguridad Pública que pretende instaurar un estado policiaco está acelerando la progresión de esa crisis que no acaba por estallar. Si la ciudadanía no logra, desde abajo, una conversión por la vía de la paz de las estructuras de gobierno, esa ciudadanía va a acaudillarse, cuando menos se le espere, y encontrar modo, medio y motivo para hacer encender la mecha, ahora sí, la guerra civil. Y ese es un futuro, el de la lucha armada, que nadie quiere pero que, como decía Ernesto Guevera, puede ser el único medio para los pueblos que quieren liberarse. La demanda de “No más sangre” de Rius, debe cumplirse antes de que, para dejar de derramar sangre, haya que derramarla a raudales.
lunes, 2 de mayo de 2011
29, 30 y 1

El sábado pasado, el treinta de abril, se celebró la fiesta de egresados de la Escuela Nacional de Arte Teatral. Es divertido que tradicionalmente esta reunión tenga lugar el treinta de abril… será porque más nos vale a los que nos dedicamos al teatro en este país conservar cierto optimismo infantil para no ponernos un revolver en la boca. Por supuesto, durante la fiesta, hubo oportunidad de comentar con los compañeros que al otro día, los actores que ahí estábamos reunidos, celebraríamos el primero de mayo, el día de trabajo, en condiciones laborales desprovistas de toda garantía social.
Mucha gente no lo sabe, pero os artistas mexicanos, especialmente los actores, obligados por la desprotección del Estado respecto de la cultura, no tienen más remedio que trabajar en proyectos independientes gestados por ellos mismos y, claro, con muy escasos recursos económicos. Así miles de profesionales del arte ejercen todos los días en innumerables teatros sin seguro médico, prestaciones o plan de retiro; pero, por otro lado, sí están obligados a pagar, lo mismo que todos, innumerables impuestos que merman entre un treinta y un cincuenta por ciento sus ya de por sí parcas ganancias.
Justamente el viernes anterior mi compañía celebró el cierre de temporada de “La Noche en Vela”, un espectáculo unipersonal al que hicimos llegar, con no pocos esfuerzos, público durante dos meses de funciones. Siempre con el gancho del dos por uno, siempre insistiendo una y mil veces, tuvimos funciones abarrotadas y felices, pero las ganancias ¿son suficientes para que los miembros de la compañía puedan vivir? Por supuesto que no. Lío Teatro aún está a la búsqueda de un modo de sostener económicamente a sus miembros sólo con su trabajo en el arte. Espero que alguna vez la hallemos. Al parecer la respuesta está en la erección de un pequeña empresa de producción de espectáculos, pero ¿cómo vender sus productos? Es una asignatura pendiente y un proyecto vital.
Pero ese mismo primero de mayo, no éramos los actores los únicos que teníamos poco que celebrar. Los cientos de víctimas de la pederastia eclesiástica, particularmente los jóvenes abusados, defraudados y engañados por el repulsivo Padre Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, tenían que ver cómo el papa que no sólo lo solapó, sino que lo encubrió y protegió, Juan Pablo II, era beatificado en el proceso más expedito de la historia.
Amén de la popularidad de pontífice anterior, que sin duda fue uno de los argumentos que han acelerado su elevación a los altares, salta a la vista la lentitud con la que causas si no más nobles, al menos menormente polémicas han sido detenidas, tal es el caso del Monseñor Óscar Romero, feroz defensor de los derechos humanos quien fuera arzobispo del El Salvador hasta su asesinato en mil novecientos ochenta y cuya causa de canonización no ha llegado al siquiera al estado de beatitud a pesar de que otras denominaciones cristianas, como la Comunión Anglicana que puso su estatua en la Abadía de Westminster, lo han incluido en su santoral.
La beatificación de Karol Wojtyla obliga un análisis de esta figura esencial del siglo XX desde todos los ángulos posibles. Olvidar su homofobia, su resistencia a ampliar el papel de la mujer en la Iglesia y el modo en el que soslayó temas de salud pública como el aborto, el uso del condón y el sida, es mucho olvidar.
Hasta allá, a Roma, fue Felipe Calerón a decirle al papa Benedicto XVI: "Santo Padre, sufrimos mucho por la violencia, el pueblo de méxico necesita de su consuelo más que nunca". Ay, puta madre... ¿cómo es que no se nos ocurrió antes que eso mero es lo que necesitábamos, una visita papal". Con todo respeto, señor Calderón: no mame de lado.
Una vez más, creo, el teatro tiene la obligación de pronunciarse al respecto y levantar la voz. Me pregunto, a propósito, qué escriben los nuevos dramaturgos, especialmente los dramaturgos mexicanos, y por qué llegan tan tarde a los hechos. Luego, por ejemplo, de décadas de asesinatos en Ciudad Juárez, apenas hay obras de teatro sostenidas en investigaciones serias que levantan la voz y ponen el dedo en la llaga. ¿Cuándo los operarios del teatro tendremos a mano dramas sobre los temas nacionales? Tal vez el oficio de dramaturgo necesite, más que nunca, de talentos que echen luz sobre las sombras.
No menos significativa, aunque del otro lado de la moneda, fue la figura de Osama Bin Laden, cuya muerte fue este domingo anunciada por el presidente de Estados Unidos Barack Obama. Bin Laden era, según la percepción de occidente, uno de los terroristas más peligrosos del mundo y el más malo entre los malos. Por este motivo, miles de personas celebraron su muerte a las afueras de la Casa Blanca ayer por la noche.
Por supuesto, Bin Laden no era un apóstol de la paz ni mucho menos, ¿pero no es escalofriante ver cómo tantas personas se regocijan con la muerte de otro ser humano? Además, ¿han leído alguna vez con detenimiento los discursos del ahora extinto líder de Al Qaeda? No le falta verdad al afirmar que el Estado Norteamericano ha cometido abusos sin cuento casi desde su fundación y que la guerra que emprendió George Bush contra Irak y Afganistán alcanzó tales niveles de violencia contra objetivos civiles que habría que preguntarse quién merece más el título de terrorista.
Allende estas cuestiones (que nos obligarían a pasar por la teoría del auto atentado del once de septiembre de dos mil uno contra las Torres Gemelas de Nueva York y demás pantanos) es verdaderamente lamentable que un hombre cuya elección como presidente de Estados Unidos prometía una era de reconciliación y progreso social, se vea en la necesidad de sostener su gobierno en la destrucción del enemigo, en la muerte como medio para legitimar sus acciones. Triste favor le hizo al mundo la Academia Sueca al concederle a Obama el premio nobel de la paz. No sólo no ha luchado a favor de la paz, sino que, con la persecución y asesinato sin juicio civil o militar de por medio de Osama Bin Laden, allana el camino de la guerra que es, al parecer, la única vocación de los políticos de las barras y las estrellas.
Sí, la televisión que no se ha cansado de estar duro y dale con esto, menos ha perdido las ganas de presentar hasta en dimensiones microscópicas todos los detalles de la boda real entre el heredero al trono de Inglaterra y la ahora Duquesa de Cambridge, Kate Middleton. Por un lado no puedo dejar de pensar que las monarquías en este siglo resultan terriblemente caras e innecesarias. Son sostenidos con los impuestos de los ciudadanos y no desempeñan más que muy indirectamente, un papel relevante en los asuntos del gobierno. No obstante, gozan de todo tipo de privilegios sólo por haber nacido nobles y no retribuyen con su trabajo al pueblo que los ha encumbrado.
Sin embargo, ver cómo la gente se lazó a las calles a ver pasar a la pareja real y recordar cómo lo hicieron para llorar la muerte de Diana de Gales, me hace creer que desempeñan una función más bien simbólica, una especie de agente que unifica y da sentido a la identidad de los ingleses. Como sea, estoy seguro que más de una persona en el Reino Unido cree que las casas reales deberían ser abolidas y que sus impuestos deberían gastarse en cosas menos frívolas que en los trajes costosísimos que usaron los novios y que ahora no son sólo más que una impresión olvidable en las páginas a todo color de las revistas del corazón.
Mientras tanto, en este México en el que todo susto puede ser aliviado por un buen partido de futbol, se celebró el clásico encuentro América-Pumas. No tenía idea de que habría partido hasta que, camino a Ciudad Universitaria a estrenar mis nuevos patines, tuvimos que maniobrar por el tránsito de aficionados que se dirigían al estadio. Un embotellamiento, dicho sea de paso, completamente creado por la ineficacia de los oficiales de tránsito que Dios sabe por qué detenían el avance de cientos de coches sobre Insurgentes y privilegiaban el paso de dos o tres autos que venían de las calles perpendiculares.
Y así como no consideré el asunto del partido, tampoco me puse a pensar que diez años de no patinar cobrarían factura y que es mentira eso de que lo que bien se aprende jamás se olvida. Descubrí que no recordaba para nada cómo frenar mientras me deslizaba a toda velocidad por una pendiente interminable. Por supuesto la gravedad, esa aliada siempre contante me llevó al piso y ahora, con los codos pelados por el impacto, tecleo estas letras esperando que por su propio peso también caigan las casas reales que sanguijuelean a las naciones, la sed de sangre de los gobiernos estadounidenses, las omisiones del Beato Juan Pablo II y los fallutos tangibles y sonrientes forajidos que tienen garras para el arpa, quiten de una vez por todas el pie del cuello de los artistas que, con uñas y dientes, sostienen la escena independiente mexicana.
miércoles, 27 de abril de 2011
“El Dragón y la Rueca” hace ocho años y una apuesta hacia el futuro.

¿Por qué entonces, si se trataba de un proyecto tan virtuoso según yo, me fui de él? Apenas concluido el curso propedéutico con la presentación del espectáculo “Caleidoscopio” que aglutinaba números elementales de circo y teatro de improvisación dirigidos por Anatoli Lokatuchuck y María Gonzáles de San Esteban respectivamente y la puesta “Sed de Mar” creada por la directora de la escuela basándose en los textos homónimos de Esther Seligson, renuncié a seguir adelante y, obvio es decir, no egresé con el resto de mis compañeros. Ni la calidad de la escuela, ni la capacidad de sus docentes, ni la convivencia diaria con los otros estudiantes, cosa que puede llegar a ser muy conflictiva en algunos ambientes, fueron la causa de mi salida. Deserté porque me hice una pregunta por cuya respuesta pagué muy alto costo: ¿en qué teatro debía creer? Pugnaban en mi fuero interno dos ideas contradictorias: por un lado, la del actor de compañía que dedicaba largos procesos de investigación colectiva en pos de un objeto de arte original; y por otro, la del actor que va de contrato en contrato, realizando las puestas en escena que le vayan acomodando mejor, cada vez con un equipo diferente de colaboradores. Quizá mi falta de perspectiva y experiencia me hizo creer en ese entonces que supeditarme como actor a los modos de una compañía, la que se formaría en la escuela, que estaba en ese momento estableciendo sus propios códigos de comunicación, me impediría para trabajar de manera independiente con otros creadores, como si ambas formas de ejercer la profesión fueran irreconciliables, como si no existiera ningún camino medio entre ellas. No puedo explicar el dolor que sentí al despedirme de mis compañeros y profesores, más aún cuando, por obvias razones, muchos de ellos se sintieron traicionados y abandonados por mí.
Sea como sea y sentimentalismos aparte, obtuve la respuesta que estaba buscando y que voy a explicar enseguida. Descubrí que sobre las otras escuelas de formación profesional de actores, aquellas que tácitamente privilegian esa segunda forma de ejercer la profesión, pesaban terribles vicios que comprometían gravemente el delicado proceso de educar en el arte. Tales vicios son los siguientes: primero, no poseen una declaración de principios éticos o estéticos que guíen la formación académica de sus estudiantes; segundo, el conocimiento es fragmentado en áreas de especialidad cuyos saberes son secuestrados por “vacas sagradas” tendientes al estatismo y al enmohecimiento de los programas de estudio; tres, y consecuentemente de los anteriores, el estudiante no logra construir puentes que comuniquen las asignaturas vocales, de expresión corporal, teóricas y actorales propiamente dichas a la resolución de un problema específico de puesta en escena, es decir, a la creación en nombre propio o, para decirlo de una vez por todas, a la construcción de una obra de arte. Por si esto fuera poco, se fomenta un ambiente competitivo cuya espiral de violencia engaña a los alumnos haciéndoles creer que en la medida en la que el otro fracase, uno tiene éxito. Pero no quiero decir que todo esté perdido o que todas las escuelas de actuación son un infierno. Es mucho lo que debo a la Escuela Nacional de Arte Teatral, la institución que finalmente me hizo el artista que soy, pero sería irresponsable no señalar que esos defectos la mantienen, junto con otras escuelas, en un impasse, en un callejón sin salida, francamente preocupante. Sólo así se explica por qué no ha ocurrido una revolución cultural, al menos en el ámbito teatral, si cada año se lanzan al mercado profesional, sólo en la Ciudad de México, al menos una centena de actores profesionales y, mínimo, una veintena de directores, sino es que más.
Y sin embargo, aunque “El Dragón y la Rueca” tuvo a la larga sus propias complicaciones tales como el aislamiento del centro del país y el consiguiente no entramado de redes de colaboración, cooperación y contratación, la sombra de aquellos defectos que enumeré en el párrafo anterior quedaron más o menos exorcizados desde su planteamiento. De entrada y por concepción el teatro-laboratorio no puede funcionar, en primer término, si a todas sus actividades no subyace la convicción de una poética escénica y una mística de trabajo específicas. Por supuesto no me refiero aquí a ningún esoterismo trasnochado sobreviviente de los setenta. Dicho sea de paso, creo que muchas de las personas que desdeñan el teatro de compañía, yo entre ellos hace ocho años, del modo en el que aquí lo he caracterizado, lo hacen impulsados por ideas preconcebidas consecuencias de malas lecturas de la obra de Eugenio Barba o Antonin Artaud, o en su defecto, por las equívocas interpretaciones que algunos grupos de teatro han hecho de ellos, poniendo en práctica métodos de trabajo difícilmente artísticos, ya no decir teatrales, y en escena obras imposibles de decodificar. Pero me quiero referir a todo lo contrario. Digo poética y pienso en la búsqueda de la expresión esencial que hizo el teatro-antropología del Odin Teatret y digo mística pensando en la férrea disciplina de entrenamiento, al mismo tiempo entregado y no aprehensivo, que impuso Jerzey Grotowsky a sus actores en Polonia o, para no ir demasiado lejos, a los diez que se llevó a entrenar a las faldas del Iztacíhuatl en 1986. Hay muchos ejemplos de cómo entender el teatro de grupo lejos de los prejuicios. El trabajo de la compañía boliviana Teatro de los Andes o el de la mexicana Teatro De Ciertos Habitantes es un ejemplo al respecto.
De vuelta al primer asunto, sobre estos rieles sólidos que construyen un modo de ser de una formación académica muy particular, corre la construcción de un actor que se propone holístico o, para ser más claro, no cuádruplemente fracturado en voz, cuerpo, teoría y emociones, sino concentrado en una sola necesidad expresiva a la que se someten un amplio repertorio de recursos técnicos. En segundo lugar el revolucionario concepto de “puesta en común” obliga a los docentes a no desentenderse de los enredos creativos que ocurren allende sus aulas y, por el contrario, a involucrarse activamente en los complicados procesos de puesta en escena. El profesor se revela así como un artista completamente realizado que trabaja con artistas menos experimentados en pos de una obra de arte y demostrando que lo que enseña en el salón de clase tiene un remitente instrumental concreto en el trabajo físico sobre el escenario. Quiero ser especialmente enfático en esto: sin que nadie se asuma como el gran detentor de saberes, “el gurú” por decirlo de algún modo, profesores y estudiantes se vuelven cómplices corresponsables de un mismo objeto estético y nadie, evidentemente, se arroga el derecho a descalificar o boicotear el esfuerzo colectivo. La pequeñez de espíritu que nubla el corazón de muchos “grandes maestros” de las escuelas mexicanas de actuación queda, en este contexto, revelada. Por eso el teatro-laboratorio pone en evidencia con mucha rapidez a aquel que no tiene aptitudes para el trabajo en equipo. Es este, en tercer término, el sentido de la puesta común, el del acompañamiento de la doble hélice, si puedo decirlo así: por un lado el docente que debe comprobar que sus palabras se sostienen en la construcción orgánica de la ficción; por otro, el alumno al que se le da la posibilidad de erigir esos tan cacareados puentes de comunicación que lleven el conocimiento del salón de clases al tablado y de reversa.
Finalmente, y para acabar con esto, los valores que aprenden los dicentes del teatro-laboratorio no son los de la alevosía y el arribismo, sino los del esfuerzo colectivo, la aceptación de la diferencia y la responsabilidad compartida. Quiero subrayar que aunque los actores en formación se vuelvan, en este proceso, mejores personas, no es lo importante. Poco importa que un artista sea agradable o desagradable a los ojos de los demás si su obra, que es a fin de cuentas lo que es significativo, está bien realizada. Lo verdaderamente atractivo aquí es que los actores en formación se hacen mejores profesionales; es decir, con capacidades –o competencias, como se dice ahora en los modelos educativos de moda- laborales más firmes. ¿Quién será contratado por un productor de un espectáculo, el actor conflictivo y rebelde a la autoridad o el que sabe comunicarse con sus compañeros y con la jerarquía?, ¿por qué obra preferirá el público comprar un boleto, por la que hay una musicalización grabada con pistas o por la que sus actores tocan los instrumentos?, ¿qué compañía será más exitosa a largo plazo, la que está compuesta por actores que ponen sus pasiones al servicio de un discurso o la que se forma de actores vanidosos que anteponen su lucimiento personal a la experiencia estética? Con estas consideraciones he ponderado hasta aquí los aciertos en el planteamiento de “El Dragón y la Rueca”, mismos que permanecen, antes bien nutridos con numerosas reflexiones y vivencias, en esta segunda etapa de la escuela.
Por estos motivos, amén del afecto y admiración que siento por el proyecto y sus integrantes, he vuelto a la escuela-laboratorio de teatro “La Rueca” que se prepara para recibir a su nueva generación de estudiantes. En ese sentido me siento, y a propósito y en recuerdo de “Sed de Mar”, como el Ulises que se va de Ítaca rumbo a una larga guerra y que, tras la odisea del camino de vuelta, regresa a casa para compartir con los suyos las aventuras vividas, la experiencia acumulada, el saber de los decires de tierras lejanas. Siempre he creído en el teatro, y en el arte en general, muy a la usanza griega; como un fenómeno extrahumano regido por los dioses. Y así como la hoja no se resiste al camino que le indica el viento, así yo voy a donde quiera el teatro llevarme, a donde pueda servirle mejor. En estos tiempos aciagos de tantos crímenes injustos, de tantas muertes estúpidas, se vuelve imperativo que las escuelas de teatro abran las puertas con la intención de formar nuevos y mejores profesionales de la escena. Más aún en Cuernavaca, Morelos, aquella ciudad cuyo recuerdo primaveral y casi bucólico hoy se antoja como una triste ironía.
Si no oponemos el arte, la belleza y la vida a la destrucción, los harapos de país que nos quedan se nos irán definitivamente de las manos y la paz tan anhelada nunca llegará. No siendo el único recurso para la paz, el teatro es una de las mejores esperanzas que nos quedan para alcanzarla. Pero no cualquier teatro tiene el poder para llevar a los seres humanos hacia la reflexiones sobre quiénes son y qué están haciendo en este preciso momento de la historia, sino el que se comprende desde estos puntos de vista, es decir, el que se hace colectivamente no individualmente, porque es el grupo social el que importa salvaguardar ahora. Como recordó este año Jessica A. Kaahwa en su manifiesto del Día Mundial del Teatro, muchas plataformas culturales han logrado la transformación social y la reforma de comunidades en zonas de conflicto usando el teatro como un medio pacífico para alcanzar la reconciliación y progreso. Si una pregunta me hizo alejarme de este proyecto, la respuesta a esa pregunta, como se ve, es la que me hace ahora volver. El teatro, y especialmente el teatro de grupo, construye un lenguaje universal que puede llevar mensajes de conciencia social y revolución. Las verdades del arte son las mejores armas que tenemos para borrar las mentiras de la política. No hay en este presente, desde mi punto de vista, tarea más urgente para los artistas mexicanos y en especial para los futuros hacedores de teatro. La escuela teatro-laboratorio “La Rueca” se atisba, en septiembre de 20011, como un semillero para aquellos que compartan esta vocación.
No me queda más que esperar que gracias a estas palabras y a las de los otros que, como yo, han redactado su testimonio, jóvenes aspirantes a la actuación encuentren un camino en el arte a través de la escuela teatro-laboratorio “La Rueca” y lo completen sin obstáculos.
martes, 5 de abril de 2011
En memoria de Julio
Lo recuerdo claramente. Estaban dando sus primeros pasos en la música, recién salidos de la secundaria, y me invitaron a escucharlos. Todavía eran una banda de garaje y sonaban, como es de suponerse, poco menos que espantoso. Intentaban reproducir lo mejor que Dios les daba a entender, y no les daba a entender muy bien, el sonido de esa banda adolescente que, en ese entonces, les fascinaba. Les dije algunas palabras de aliento y reprendí a Julio, el baterista, por sonar encima de las guitarras. Le dio igual, y siguió reventando las baquetas contra los parches con todas sus fuerzas. Qué se le iba a hacer, apenas tenían unos dieciséis años. El tiempo pasó, giró la rueda de la vida. Dos de esos muchachos se hicieron músicos de verdad. El otro, Julio, el baterista, prefirió ser arquitecto, pero no logró graduarse. Lo mataron la semana pasada. Hasta donde alcanzo a entender por lo que los periódicos y las revistas han comentado, lo levantaron operarios del Cartel del Golfo, lo torturaron y lo asfixiaron hasta la muerte. Luego abandonaron su cuerpo destruido en un automóvil junto con el de otros cuatro chicos que corrieron con idéntica fortuna.
miércoles, 4 de agosto de 2010
El beso de La Esfinge

Quiso orinar. Se levantó y sintió en las narices, como un puñetazo, el olor de los condones sucios y anudados en el suelo, luego el del tubo de lubricante que se desparramó y casi lo hace resbalar, pateó sin querer los frasquitos de estimulantes inhalables, y se le metió entre los dedos el tufillo a chamusquina de las cenizas de la marihuana. No es tan sórdido como parece, pendejos, pensó y luego orinó.
Escuchó el sonido del chorro amarillo cayendo en el agua, aspiró su olor inconfundible, y supo que eso era lo único verdadero que quedaba en él, las ganas de orinar. ¿Quién iba a decirle que la vida era esto? Más, o mejor aún: demasiado.
Manejó como alma que lleva Judas, rabioso, hasta el Bosque de Aragón en su auto de segunda mano. Anduvo por los lodosos senderos retorcidos, olió el humor del musgo, olfateó el ruido que hace el liquen mientras crece sobre el tronco podrido al golpe de la llovizna y, pocos minutos después de haber cruzado el arco de piedra fría, encontró a La Esfinge recarga en el tercer árbol, empapada hasta los cojones de luz de luna.
No era La Esfinge como la recordaba el muchacho y él no era como lo recordaba La Esfinge, pero eran ellos a pesar de los años y sus ritmos empedrados, de las loterías perdidas y los descalabros. Sonrieron, los muy putitos. En el jardín de las delicias, los senderos bifurcados siempre se reúnen, más tarde o más temprano, bajo el galope de ese jinete extraño con la hoz en bandolera. ¿Quién iba a decirles, entonces, que la vida era esto: ver el destino hacerse en el semen atrapado por el receptáculo, en el cero negativo escrito en el papel sucio de un examen sucio en las manos de la enfermera sucia? No. Más o mejor aún: demasiado.
No hubo palabras, sino el simple y preciso rasgueo sibilante de un cinturón que se desabrocha, la campanita prístina de su hebilla contra el suelo, la caricia seca del resorte de la ropa interior deslizándose cuesta abajo por las piernas y sus vellos. Eran todo ojos, primero, húmedos; todo lenguas, después, lenguas como dardos, todo manos, todo falos, todo ellos. Y La Esfinge besó al muchacho.
Digamos que debiera haber un futuro en cuyo imbécil catálogo de los tan cacareados derechos inalienables del hombre se incluya el derecho a decidir cómo le da a uno la jodida gana de morirse, digamos que debiera haber un futuro sin dioses estultos de látex y petrolatos solubles al agua, digamos que debiera haber un más allá de orgías sin nombres contumaces, ni dueños felones, ni miedos al contagio.
¿Quién podría decir así que la vida era esto: campañas de prevención por todo el país, veladoras encendidas cada primero de diciembre, sarcomas mirados con vergüenza? Nada de eso, ¡nunca más nada de eso! ¡Quién iba a decir que la vida era esto! Más o mejor aún: demasiado.
Terminaron cuando terminaron. ¿Placer? Si y no, se diría, pero no vale la pena explicarlo. Si alguno no puede imaginárselo no merecía entenderlo de todos modos.No se despidió el muchacho de La Esfinge. Claro que volverían a encontrarse, otra vez, en la siguiente noche arrollada de sudor e ira, pero el muchacho ya no sería él, sino que se habría transfigurado también en esfinge y esperaría detrás del otro árbol a que otro como él... en fin.
Se volvieron a subir los pantalones. Desanduvo el camino, el arco de piedra, el sendero enlodado. No acudieron a rescatarlo de la tenacidad de la agonía el olor del pavimento mojado, el de la humedad del pasillo ni el de la madera de la puerta de la casa. Se volvió a tender en la cama. Los primeros revoloteos solares enervaron los aromas de los condones sucios, pero el muchacho ya no pertenecía a su estúpido mundo solitario, había pagado con su sangre el desencadenamiento de su mercadotecnia de mierda. Un precio demasiado chico: ¿qué es una pústula, un bubón o un chancro en comparación con la libertad de sentir habitado -de verdad que habitado- el cuerpo, ese cuerpo que no es otro, que es uno mismo. ¿Quién, quién carajos sino él y La Esfinge, podría decir que la vida era esto y no otra cosa? ¡Más, mucho más desde este momento, o mejor aún: demasiado!
Se desnudo frente al espejo antes de meterse a bañar, miró su piel que ya no era frontera. Era alas y garras, ¿cómo decirlo? Esfinge. Abrió las ventanas de par en par y ahí estaba, nunca antes vista, la línea del horizonte en el que se une la tierra de los leones y el cielo de las águilas. Miró el reloj. Se le hacía tarde al lunes para discurrir su pegajosa banalidad. El demonio del remordimiento no alcanzó a encontrarlo. Era un muchacho honrado y se sentía poderoso, confesó para sus adentros. ¿Quién iba a decir que le vida bien podía ser... esto... feliz... feliz, feliz, feliz? Más, o mejor aún: demasiado.
Se orinó encima. La verdad no lo había abandonado todavía.