sábado, 19 de enero de 2013

El deseo del bodhisattva


 
Recientemente ha corrido por las redes sociales un video en el que un joven decide improvisar un festejo de cumpleaños para una indigente. No hace falta describirlo, el video es conmovedor pero ¿qué reflexiones motiva? Los optimistas opinan lo de siempre: que qué buen corazón el del chico, que qué nobleza la de la indigente, que qué solidaridad la de los transeúntes que se acercan a cantar el Feliz Cumpleaños. Los realistas opinan que este tipo de acciones “caritativas” son un arma de doble filo. El que hace la caridad, por un lado, sólo satisface el sentimiento de culpa burgués que se alimenta cotidianamente a fuerza de convivir con las clases menesterosas. Por el otro lado, se obvia la responsabilidad del Estado de atender las necesidades de ese sector marginal de la población, cada vez más amplio. Estos argumentos, aunque basados en un enfoque de derechos humanos, son ya lugares comunes.

Yo, por mi parte no coincido con la opinión optimista ni realista. Al contrario, creo que ha llegado el momento de ser pesimistas y partir de una declaración total: ya todo está perdido. Las clases medias en todo Occidente han iniciado un acelerado camino hacia la pauperización y los Estados, secuestrados por una gran cantidad de intereses, aún presionados por las movilizaciones sociales, están estructuralmente impedidos para detener el avance de las peores aristas del capitalismo: el enriquecimiento de unos pocos poderes centrales a costa del empobrecimiento y pérdida de derechos de una mayoría periférica.

Desde esta perspectiva desesperanzada el video al que me refiero adquiere relevancia. Si ya no hay nada que hacer, entonces tal vez no quede más que intentar, aunque sea efímeramente, hacer felices los unos a los otros. La celebración del cumpleaños no hizo a la indigente menos podre, ni puso un techo sobre su cabeza. ¿Pero está en las manos de las personas que cantaron el Feliz Cumpleaños hacerlo? No. Podrían luchar por ello, pero ¿con qué fin?, ¿con qué alcance cuando ella sólo es una de los miles y miles de desamparados que andan por las ciudades del mundo occidental?

Para la tradición budista, un bodhisattva es aquel individuo que a punto de alcanzar la iluminación en ésta o a más tardar la siguiente vida, decide renunciar al Nirvana y permanecer en la Tierra para ayudar a los demás seres. Lo que llama la atención del video, más que lo que hicieron las personas por festejar a la indigente, es lo que ella hizo. Cuando le ofrecieron un globo y un pedazo de papel para que escribiera un deseo, ella no pidió ningún bien material, ni siquiera los que le son tan urgentes como comida, vestido o resguardo. Simplemente dijo “Que seamos felices todos” y liberó el globo al aire.

La palabra del Señor Buda enseña que, en estos tiempos degenerados, nos es difícil reconocer a un ser iluminado porque nuestra percepción se ha corrompido. Pero un bodhisattva puede estar en cualquier lado, trabajando para nuestro beneficio, aunque a veces de maneras insospechadas. Un bodisattva puede estar escondido en el sobre exigente maestro de escuela, en el aquel amor que nos rompió el corazón o, incluso, en una indigente que lanza un globo al cielo deseando nuestra felicidad.

lunes, 6 de junio de 2011

Libertad posfechada

Ya no estaban locos,
como antes,
de tanto besar.
Los labios secos
a esta edad pedían:
¡Otra cosa, en otro lugar!

Váyanse, les digo,
Ustedes sin culpa
y yo sin rencor.
Allá hay otras copas doradas
y otras aguas para la sed.
Váyanse, pero váyanse ya.

Si no vuelan ahora
hechos todos alas
echaré cerrojo a la jaula
y no habrán más otra cosa o lugar
sino los que ven
que son todos los que hay.

lunes, 9 de mayo de 2011

8 de mayo del 2011. Marcha por la Paz.




Sandy Gómez, psicóloga junto a la que alcancé por primera vez el grado de licenciado, ayer al medio día, mientras andábamos en reversa la marcha por la paz en búsqueda del contingente en el que viniera Javier Sicilia, hizo un análisis interesante del acontecimiento histórico, una reflexión siempre en la clave del psicoanálisis y que voy a resumir lo mejor que pueda a continuación: el grito “ya estamos hasta la madre” da cuenta de un exceso de madre y en ese sentido el pueblo que lo grita voz en cuello parece sentirse como el infante freudiano, perverso y polimorfo, antes de que un marco de legalidad, la función paterna pues, lo inscriba en el mundo. La disminuida figura presidencial de Felipe Calderón (que es síntesis, por asociación, de todos los órdenes de gobierno) resulta una figura igualmente perversa e igualmente polimorfa, o sea, el hijo perfecto de la madre devoradora: parapetado en las faldas del poder, caprichosamente empecinado en su (fallido ya por todos lados) plan de legitimidad, furibundo hasta los manotazos melodramáticos que dividen a los mexicanos entre los buenos que están con él, y los malos que los cuestionan. Todos los dictadorzuelos son, en el fondo, iguales. Tan lo es así que bajo sus regímenes se crean figuras psicóticas como la del policía-delincuente y viceversa, figuras que no sólo confunden a la ciudadanía, sino que la llevan a un estado de indefensión conceptual, por principio, y luego enteramente instrumental. Lo saben los miles y miles de hombres y mujeres “levantados” por policías y militares y de los cuales no sólo no fueron presentados o puestos a disposición del ministerio público, sino que nunca se supo más de ellos.

Tal es la capacidad, entonces, de convocatoria de Javier Sicilia: la de un padre que está siendo ahora, incluso un poco a su pesar, padre de todos. Si “ya estamos hasta la madre” es porque no ha venido un padre que nos separe de ese avasallamiento maternal “que hace la guerra para protegernos”. Y México, para bien o para mal, siempre ha sido un pueblo con una fuerte vocación por la paternidad (el Padre Hidalgo es un ejemplo elocuente). Sicilia equilibra, así, la ecuación padre-madre como Rosario Ibarra de Piedra lo hizo en tiempos en los que lo que sobraba era paternidad, castigo y, claro, castración. Y Sicilia, que antier quería escuchar el réquiem de Mozart y que lo dejaran en paz, que quería que no lo confundieran con Lady Gaga y que le dejaran de pedir autógrafos, va a tener que decidir si quiere convertirse en ese líder histórico, en es padre, que el pueblo necesita. Sicilia, padre de un niño asesinado, ha sido llamado por la historia para ser el tejedor de las redes sociales necesarias en México para resistir el poder que nos ha conducido, digámoslo de una buena vez, a una de las épocas más oscuras y vergonzantes de la historia nacional. Cuarenta mil globos se liberaron ayer en el zócalo de la Ciudad de México, en el ombligo de la luna, en recuerdo de las cuarenta mil almas que hemos perdido en lo que va del ignominioso sexenio de Felipe Calderón. Globos que volaron, al fin y al cabo, hasta la morada del sol, el padre eterno. Una manta que leímos ayer viene a redondear la metáfora psicoanalítica de Sandy: “no todos los padres son poetas, pero todos los hijos son poesías”.

Hasta aquí ella. Yo creo que las marchas son un arma de doble filo porque pueden convertirse en una catarsis colectiva que conjure la rabia y la indignación. Por otro lado, si se saben capitalizar, pueden ser poderosas manifestaciones ciudadanas y, a la larga, alcanzan objetivos de progreso social y transformación. Sobran evidencias históricas. Sin embargo, ante la radicalización de la violencia promovida por el Estado, la resistencia social debe radicalizarse en inteligencia e imaginación. Antier leía un texto de Gilles Deleuze sobre Michel Foucault acerca del tema de la resistencia, concepto clave para entender el papel del poder en la obra del filósofo francés. Foucault no deja mucho espacio al optimismo cuando dice que la resistencia no es sino la continuación del ejercicio del poder, su contraparte, digamos y es así porque la resistencia, al volverse poder, se comporta como poder. Las dictaduras que nacieron de las revoluciones socialistas rusa, polaca y cubana son buenos ejemplos de esto. Sin embargo, Deleuze, afirma que una vez cada tanto, se encuentra el modo de resistir plegando el poder, es decir, doblando la fuerza de modo que se afecte a sí misma y deje en paz a las otras fuerzas con las que mantiene relación. En un breve ensayo la semana pasada planteé que la anorexia (idea que robé un poco de Myryam Arias, filósofa de mi total admiración, confieso) y la seroconversión parecen prácticas que doblan el mercado contra sí mismo, los discursos médicos en contra de la esperanza de vida a la que propenden, etcétera. Pero en casos mucho más grandes, como el del movimiento social al que aquí me estoy refiriendo, ¿cómo sería posible re dirigir la potencia del poder en contra de sí mismo?

He llegado a darme dos respuestas, una para el crimen y otra para la partidocracia que lo solapa. Primero: legalización de las drogas blandas, al menos de la marihuana cuya producción, trasportación y venta compone casi la mitad de los ingresos del narcotráfico. Quitarle al “narco” el “tráfico” y meterlo de lleno a la comercialización abierta, someterlo a las reglas del libre mercado, hacerlo entrar en la legalidad, en la función paterna. No es fácil para la sociedad mexicana, que a duras penas puede entender por qué los homosexuales quieren casarse y adoptar hijos, aceptar una propuesta así, lo sé. Pero hay evidencia histórica de que la legalidad rompe las redes de las mafias, es obvio. Hay que pensar, por ejemplo, en los Estados Unidos antes y después de la prohibición del licor. Salta a la vista que, el único modo de volver al narco contra el narco es abriéndole la puerta de salida de la clandestinidad. En el fondo, toda esta violencia sostiene el negocio más lucrativo del siglo, así pues ¿por qué no abrirlo por todas las de la ley a la mano de obra campesina y maquiladora mexicana? Y segundo: frente a las elecciones presidenciales del 2012, la sociedad debería preguntarse muy seriamente si lo que quiere es que, de nuevo, un partido político se haga cargo de la máxima magistratura de la nación. José Saramago logra en su novela “Ensayo sobre la lucidez” poner de cabeza el sistema político de una ciudad cuando sus ciudadanos votaron masivamente en blanco. La demanda de un nuevo pacto político, que es la demanda de la marcha de ayer, si no es escuchada (si esta semana no renuncia García Luna, secretario de Seguridad Pública, que no creo), debe hacerse oír en las urnas que son, por definición, los crisoles de la democracia. ¿Qué poder pueden tener los partidos políticos si la gente decide no concedérselo más? Lo que quiero decir con esto es que esta marcha, todas las marchas que vengan a partir de hoy, deben buscar generar movimientos sociales no alienantes, sino que, antes bien, puedan poner en crisis al poder político y criminal. El cambio depende de la crisis, esto lo sabemos desde hace mucho y comprendo que un pueblo como el mexicano tenga miedo de peores crisis que las que le ha tocado vivir desde tiempos sin principios. Es más, casi se diría que México ha vivido siempre en la crisis, pero una crisis que no progresa hacia la transformación, además de ser una pérdida de tiempo dialéctica, es una crisis que deja de ser un “estar siendo” y pasa a ser un lamentable “modo de ser”.

Tres cosas más. Uno, las bases sociales que marcharon ayer no tienen centro y no tienen color partidista. Eso es un acierto a mi ver, pero ¿esas bases sociales constituidas por padres, adolescentes, amigos, podrán apoyar movimientos como el de la legalización de las drogas blandas o el del voto en blanco?, ¿podrán ser convencidos de que la radicalización de la protesta en este sentido tal vez sea el único modo de dejar de ver muertos a los hijos, a los padres, a los amigos? No lo sé. Quince por ciento de la población del país, en cálculos de Xabier Lizarraga, harían visible la propuesta. Esos son más o menos dieciocho millones de mexicanos, cuatrocientos cincuenta veces más de los que han muerto. Dos, en todos los países donde se ha luchado contra el narcotráfico (Italia, por ejemplo), se ha tenido que tocar, de entrada las finanzas del narco; en todos los países menos en México, ¿por qué? Pues porque una investigación sobre el dinero del narco conduciría con mucha facilidad a los poderes fácticos que se enmascaran tras el Estado. La oligarquía quedaría al descubierto en sus nexos de cooperación con el crimen organizado y eso es algo que, evidentemente, al poder no le interesa. Mientras eso no ocurra, la guerra contra el narco seguirá siendo un eufemismo para no decir “terrorismo de Estado”. Y tres, por último, la Ley de Seguridad Pública que pretende instaurar un estado policiaco está acelerando la progresión de esa crisis que no acaba por estallar. Si la ciudadanía no logra, desde abajo, una conversión por la vía de la paz de las estructuras de gobierno, esa ciudadanía va a acaudillarse, cuando menos se le espere, y encontrar modo, medio y motivo para hacer encender la mecha, ahora sí, la guerra civil. Y ese es un futuro, el de la lucha armada, que nadie quiere pero que, como decía Ernesto Guevera, puede ser el único medio para los pueblos que quieren liberarse. La demanda de “No más sangre” de Rius, debe cumplirse antes de que, para dejar de derramar sangre, haya que derramarla a raudales.

lunes, 2 de mayo de 2011

29, 30 y 1




Nunca he pensado el blog como un diario personal porque no me imagino a qué lector puede interesarle mi vida que es, más o menos, tan aburrida o entretenida como la de cualquiera. Sin embargo por el modo en el que se cruzaron los hechos del mundo con los de mi cotidianidad este último fin de semana del dos mil once, creo que vale la pena hacer algunos comentarios a propósito.

El sábado pasado, el treinta de abril, se celebró la fiesta de egresados de la Escuela Nacional de Arte Teatral. Es divertido que tradicionalmente esta reunión tenga lugar el treinta de abril… será porque más nos vale a los que nos dedicamos al teatro en este país conservar cierto optimismo infantil para no ponernos un revolver en la boca. Por supuesto, durante la fiesta, hubo oportunidad de comentar con los compañeros que al otro día, los actores que ahí estábamos reunidos, celebraríamos el primero de mayo, el día de trabajo, en condiciones laborales desprovistas de toda garantía social.

Mucha gente no lo sabe, pero os artistas mexicanos, especialmente los actores, obligados por la desprotección del Estado respecto de la cultura, no tienen más remedio que trabajar en proyectos independientes gestados por ellos mismos y, claro, con muy escasos recursos económicos. Así miles de profesionales del arte ejercen todos los días en innumerables teatros sin seguro médico, prestaciones o plan de retiro; pero, por otro lado, sí están obligados a pagar, lo mismo que todos, innumerables impuestos que merman entre un treinta y un cincuenta por ciento sus ya de por sí parcas ganancias.

Justamente el viernes anterior mi compañía celebró el cierre de temporada de “La Noche en Vela”, un espectáculo unipersonal al que hicimos llegar, con no pocos esfuerzos, público durante dos meses de funciones. Siempre con el gancho del dos por uno, siempre insistiendo una y mil veces, tuvimos funciones abarrotadas y felices, pero las ganancias ¿son suficientes para que los miembros de la compañía puedan vivir? Por supuesto que no. Lío Teatro aún está a la búsqueda de un modo de sostener económicamente a sus miembros sólo con su trabajo en el arte. Espero que alguna vez la hallemos. Al parecer la respuesta está en la erección de un pequeña empresa de producción de espectáculos, pero ¿cómo vender sus productos? Es una asignatura pendiente y un proyecto vital.

Pero ese mismo primero de mayo, no éramos los actores los únicos que teníamos poco que celebrar. Los cientos de víctimas de la pederastia eclesiástica, particularmente los jóvenes abusados, defraudados y engañados por el repulsivo Padre Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, tenían que ver cómo el papa que no sólo lo solapó, sino que lo encubrió y protegió, Juan Pablo II, era beatificado en el proceso más expedito de la historia.

Amén de la popularidad de pontífice anterior, que sin duda fue uno de los argumentos que han acelerado su elevación a los altares, salta a la vista la lentitud con la que causas si no más nobles, al menos menormente polémicas han sido detenidas, tal es el caso del Monseñor Óscar Romero, feroz defensor de los derechos humanos quien fuera arzobispo del El Salvador hasta su asesinato en mil novecientos ochenta y cuya causa de canonización no ha llegado al siquiera al estado de beatitud a pesar de que otras denominaciones cristianas, como la Comunión Anglicana que puso su estatua en la Abadía de Westminster, lo han incluido en su santoral.

La beatificación de Karol Wojtyla obliga un análisis de esta figura esencial del siglo XX desde todos los ángulos posibles. Olvidar su homofobia, su resistencia a ampliar el papel de la mujer en la Iglesia y el modo en el que soslayó temas de salud pública como el aborto, el uso del condón y el sida, es mucho olvidar.

Hasta allá, a Roma, fue Felipe Calerón a decirle al papa Benedicto XVI: "Santo Padre, sufrimos mucho por la violencia, el pueblo de méxico necesita de su consuelo más que nunca". Ay, puta madre... ¿cómo es que no se nos ocurrió antes que eso mero es lo que necesitábamos, una visita papal". Con todo respeto, señor Calderón: no mame de lado.

Una vez más, creo, el teatro tiene la obligación de pronunciarse al respecto y levantar la voz. Me pregunto, a propósito, qué escriben los nuevos dramaturgos, especialmente los dramaturgos mexicanos, y por qué llegan tan tarde a los hechos. Luego, por ejemplo, de décadas de asesinatos en Ciudad Juárez, apenas hay obras de teatro sostenidas en investigaciones serias que levantan la voz y ponen el dedo en la llaga. ¿Cuándo los operarios del teatro tendremos a mano dramas sobre los temas nacionales? Tal vez el oficio de dramaturgo necesite, más que nunca, de talentos que echen luz sobre las sombras.

No menos significativa, aunque del otro lado de la moneda, fue la figura de Osama Bin Laden, cuya muerte fue este domingo anunciada por el presidente de Estados Unidos Barack Obama. Bin Laden era, según la percepción de occidente, uno de los terroristas más peligrosos del mundo y el más malo entre los malos. Por este motivo, miles de personas celebraron su muerte a las afueras de la Casa Blanca ayer por la noche.

Por supuesto, Bin Laden no era un apóstol de la paz ni mucho menos, ¿pero no es escalofriante ver cómo tantas personas se regocijan con la muerte de otro ser humano? Además, ¿han leído alguna vez con detenimiento los discursos del ahora extinto líder de Al Qaeda? No le falta verdad al afirmar que el Estado Norteamericano ha cometido abusos sin cuento casi desde su fundación y que la guerra que emprendió George Bush contra Irak y Afganistán alcanzó tales niveles de violencia contra objetivos civiles que habría que preguntarse quién merece más el título de terrorista.

Allende estas cuestiones (que nos obligarían a pasar por la teoría del auto atentado del once de septiembre de dos mil uno contra las Torres Gemelas de Nueva York y demás pantanos) es verdaderamente lamentable que un hombre cuya elección como presidente de Estados Unidos prometía una era de reconciliación y progreso social, se vea en la necesidad de sostener su gobierno en la destrucción del enemigo, en la muerte como medio para legitimar sus acciones. Triste favor le hizo al mundo la Academia Sueca al concederle a Obama el premio nobel de la paz. No sólo no ha luchado a favor de la paz, sino que, con la persecución y asesinato sin juicio civil o militar de por medio de Osama Bin Laden, allana el camino de la guerra que es, al parecer, la única vocación de los políticos de las barras y las estrellas.

Sí, la televisión que no se ha cansado de estar duro y dale con esto, menos ha perdido las ganas de presentar hasta en dimensiones microscópicas todos los detalles de la boda real entre el heredero al trono de Inglaterra y la ahora Duquesa de Cambridge, Kate Middleton. Por un lado no puedo dejar de pensar que las monarquías en este siglo resultan terriblemente caras e innecesarias. Son sostenidos con los impuestos de los ciudadanos y no desempeñan más que muy indirectamente, un papel relevante en los asuntos del gobierno. No obstante, gozan de todo tipo de privilegios sólo por haber nacido nobles y no retribuyen con su trabajo al pueblo que los ha encumbrado.

Sin embargo, ver cómo la gente se lazó a las calles a ver pasar a la pareja real y recordar cómo lo hicieron para llorar la muerte de Diana de Gales, me hace creer que desempeñan una función más bien simbólica, una especie de agente que unifica y da sentido a la identidad de los ingleses. Como sea, estoy seguro que más de una persona en el Reino Unido cree que las casas reales deberían ser abolidas y que sus impuestos deberían gastarse en cosas menos frívolas que en los trajes costosísimos que usaron los novios y que ahora no son sólo más que una impresión olvidable en las páginas a todo color de las revistas del corazón.

Mientras tanto, en este México en el que todo susto puede ser aliviado por un buen partido de futbol, se celebró el clásico encuentro América-Pumas. No tenía idea de que habría partido hasta que, camino a Ciudad Universitaria a estrenar mis nuevos patines, tuvimos que maniobrar por el tránsito de aficionados que se dirigían al estadio. Un embotellamiento, dicho sea de paso, completamente creado por la ineficacia de los oficiales de tránsito que Dios sabe por qué detenían el avance de cientos de coches sobre Insurgentes y privilegiaban el paso de dos o tres autos que venían de las calles perpendiculares.

Y así como no consideré el asunto del partido, tampoco me puse a pensar que diez años de no patinar cobrarían factura y que es mentira eso de que lo que bien se aprende jamás se olvida. Descubrí que no recordaba para nada cómo frenar mientras me deslizaba a toda velocidad por una pendiente interminable. Por supuesto la gravedad, esa aliada siempre contante me llevó al piso y ahora, con los codos pelados por el impacto, tecleo estas letras esperando que por su propio peso también caigan las casas reales que sanguijuelean a las naciones, la sed de sangre de los gobiernos estadounidenses, las omisiones del Beato Juan Pablo II y los fallutos tangibles y sonrientes forajidos que tienen garras para el arpa, quiten de una vez por todas el pie del cuello de los artistas que, con uñas y dientes, sostienen la escena independiente mexicana.

miércoles, 27 de abril de 2011

“El Dragón y la Rueca” hace ocho años y una apuesta hacia el futuro.

Fui parte del grupo de estudiantes que fundaron el proyecto de la escuela-laboratorio de teatro “El Dragón y la Rueca” hace poco más de ocho años. En ese entonces yo había abandonado los primeros pasos apenas recorridos en el camino del arte y me había volcado hacia el estudio de las ciencias sociales. Sin embargo no pude resistirme, pese a los denodados esfuerzos de mis padres que consideraban que el del actor no es un oficio lucrativo, al proyecto de escuela que abanderaba por primera vez Susana Frank. La formación del actor, desde su óptica, parte de la liberación de las potencias expresivas del alumno y se dirige a la instrumentación de un creador integral, capaz de gestar sus propias producciones escénicas y, claro está, desde un posicionamiento personal ético y estético. En suma, la escuela se proponía educar artistas profesionales en el mejor sentido de la palabra, artistas que profesaran una fe o, mejor dicho, una apuesta hacia el futuro. Esta visión del ser del actor hace énfasis, por supuesto, en la responsabilidad social del arte de las tablas y, en buena medida, le declara la guerra a las acostumbradas mezquindades que mantienen a los artistas sometidos a condiciones de trabajo tan inhóspitas y a las que, para mal, nos hemos empezado a resignar. Resultaba, pues, imposible no querer integrarse a toda costa a lo que se proponía como un movimiento que reconfiguraría de golpe la geografía del quehacer teatral nacional.

¿Por qué entonces, si se trataba de un proyecto tan virtuoso según yo, me fui de él? Apenas concluido el curso propedéutico con la presentación del espectáculo “Caleidoscopio” que aglutinaba números elementales de circo y teatro de improvisación dirigidos por Anatoli Lokatuchuck y María Gonzáles de San Esteban respectivamente y la puesta “Sed de Mar” creada por la directora de la escuela basándose en los textos homónimos de Esther Seligson, renuncié a seguir adelante y, obvio es decir, no egresé con el resto de mis compañeros. Ni la calidad de la escuela, ni la capacidad de sus docentes, ni la convivencia diaria con los otros estudiantes, cosa que puede llegar a ser muy conflictiva en algunos ambientes, fueron la causa de mi salida. Deserté porque me hice una pregunta por cuya respuesta pagué muy alto costo: ¿en qué teatro debía creer? Pugnaban en mi fuero interno dos ideas contradictorias: por un lado, la del actor de compañía que dedicaba largos procesos de investigación colectiva en pos de un objeto de arte original; y por otro, la del actor que va de contrato en contrato, realizando las puestas en escena que le vayan acomodando mejor, cada vez con un equipo diferente de colaboradores. Quizá mi falta de perspectiva y experiencia me hizo creer en ese entonces que supeditarme como actor a los modos de una compañía, la que se formaría en la escuela, que estaba en ese momento estableciendo sus propios códigos de comunicación, me impediría para trabajar de manera independiente con otros creadores, como si ambas formas de ejercer la profesión fueran irreconciliables, como si no existiera ningún camino medio entre ellas. No puedo explicar el dolor que sentí al despedirme de mis compañeros y profesores, más aún cuando, por obvias razones, muchos de ellos se sintieron traicionados y abandonados por mí.

Sea como sea y sentimentalismos aparte, obtuve la respuesta que estaba buscando y que voy a explicar enseguida. Descubrí que sobre las otras escuelas de formación profesional de actores, aquellas que tácitamente privilegian esa segunda forma de ejercer la profesión, pesaban terribles vicios que comprometían gravemente el delicado proceso de educar en el arte. Tales vicios son los siguientes: primero, no poseen una declaración de principios éticos o estéticos que guíen la formación académica de sus estudiantes; segundo, el conocimiento es fragmentado en áreas de especialidad cuyos saberes son secuestrados por “vacas sagradas” tendientes al estatismo y al enmohecimiento de los programas de estudio; tres, y consecuentemente de los anteriores, el estudiante no logra construir puentes que comuniquen las asignaturas vocales, de expresión corporal, teóricas y actorales propiamente dichas a la resolución de un problema específico de puesta en escena, es decir, a la creación en nombre propio o, para decirlo de una vez por todas, a la construcción de una obra de arte. Por si esto fuera poco, se fomenta un ambiente competitivo cuya espiral de violencia engaña a los alumnos haciéndoles creer que en la medida en la que el otro fracase, uno tiene éxito. Pero no quiero decir que todo esté perdido o que todas las escuelas de actuación son un infierno. Es mucho lo que debo a la Escuela Nacional de Arte Teatral, la institución que finalmente me hizo el artista que soy, pero sería irresponsable no señalar que esos defectos la mantienen, junto con otras escuelas, en un impasse, en un callejón sin salida, francamente preocupante. Sólo así se explica por qué no ha ocurrido una revolución cultural, al menos en el ámbito teatral, si cada año se lanzan al mercado profesional, sólo en la Ciudad de México, al menos una centena de actores profesionales y, mínimo, una veintena de directores, sino es que más.

Y sin embargo, aunque “El Dragón y la Rueca” tuvo a la larga sus propias complicaciones tales como el aislamiento del centro del país y el consiguiente no entramado de redes de colaboración, cooperación y contratación, la sombra de aquellos defectos que enumeré en el párrafo anterior quedaron más o menos exorcizados desde su planteamiento. De entrada y por concepción el teatro-laboratorio no puede funcionar, en primer término, si a todas sus actividades no subyace la convicción de una poética escénica y una mística de trabajo específicas. Por supuesto no me refiero aquí a ningún esoterismo trasnochado sobreviviente de los setenta. Dicho sea de paso, creo que muchas de las personas que desdeñan el teatro de compañía, yo entre ellos hace ocho años, del modo en el que aquí lo he caracterizado, lo hacen impulsados por ideas preconcebidas consecuencias de malas lecturas de la obra de Eugenio Barba o Antonin Artaud, o en su defecto, por las equívocas interpretaciones que algunos grupos de teatro han hecho de ellos, poniendo en práctica métodos de trabajo difícilmente artísticos, ya no decir teatrales, y en escena obras imposibles de decodificar. Pero me quiero referir a todo lo contrario. Digo poética y pienso en la búsqueda de la expresión esencial que hizo el teatro-antropología del Odin Teatret y digo mística pensando en la férrea disciplina de entrenamiento, al mismo tiempo entregado y no aprehensivo, que impuso Jerzey Grotowsky a sus actores en Polonia o, para no ir demasiado lejos, a los diez que se llevó a entrenar a las faldas del Iztacíhuatl en 1986. Hay muchos ejemplos de cómo entender el teatro de grupo lejos de los prejuicios. El trabajo de la compañía boliviana Teatro de los Andes o el de la mexicana Teatro De Ciertos Habitantes es un ejemplo al respecto.

De vuelta al primer asunto, sobre estos rieles sólidos que construyen un modo de ser de una formación académica muy particular, corre la construcción de un actor que se propone holístico o, para ser más claro, no cuádruplemente fracturado en voz, cuerpo, teoría y emociones, sino concentrado en una sola necesidad expresiva a la que se someten un amplio repertorio de recursos técnicos. En segundo lugar el revolucionario concepto de “puesta en común” obliga a los docentes a no desentenderse de los enredos creativos que ocurren allende sus aulas y, por el contrario, a involucrarse activamente en los complicados procesos de puesta en escena. El profesor se revela así como un artista completamente realizado que trabaja con artistas menos experimentados en pos de una obra de arte y demostrando que lo que enseña en el salón de clase tiene un remitente instrumental concreto en el trabajo físico sobre el escenario. Quiero ser especialmente enfático en esto: sin que nadie se asuma como el gran detentor de saberes, “el gurú” por decirlo de algún modo, profesores y estudiantes se vuelven cómplices corresponsables de un mismo objeto estético y nadie, evidentemente, se arroga el derecho a descalificar o boicotear el esfuerzo colectivo. La pequeñez de espíritu que nubla el corazón de muchos “grandes maestros” de las escuelas mexicanas de actuación queda, en este contexto, revelada. Por eso el teatro-laboratorio pone en evidencia con mucha rapidez a aquel que no tiene aptitudes para el trabajo en equipo. Es este, en tercer término, el sentido de la puesta común, el del acompañamiento de la doble hélice, si puedo decirlo así: por un lado el docente que debe comprobar que sus palabras se sostienen en la construcción orgánica de la ficción; por otro, el alumno al que se le da la posibilidad de erigir esos tan cacareados puentes de comunicación que lleven el conocimiento del salón de clases al tablado y de reversa.

Finalmente, y para acabar con esto, los valores que aprenden los dicentes del teatro-laboratorio no son los de la alevosía y el arribismo, sino los del esfuerzo colectivo, la aceptación de la diferencia y la responsabilidad compartida. Quiero subrayar que aunque los actores en formación se vuelvan, en este proceso, mejores personas, no es lo importante. Poco importa que un artista sea agradable o desagradable a los ojos de los demás si su obra, que es a fin de cuentas lo que es significativo, está bien realizada. Lo verdaderamente atractivo aquí es que los actores en formación se hacen mejores profesionales; es decir, con capacidades –o competencias, como se dice ahora en los modelos educativos de moda- laborales más firmes. ¿Quién será contratado por un productor de un espectáculo, el actor conflictivo y rebelde a la autoridad o el que sabe comunicarse con sus compañeros y con la jerarquía?, ¿por qué obra preferirá el público comprar un boleto, por la que hay una musicalización grabada con pistas o por la que sus actores tocan los instrumentos?, ¿qué compañía será más exitosa a largo plazo, la que está compuesta por actores que ponen sus pasiones al servicio de un discurso o la que se forma de actores vanidosos que anteponen su lucimiento personal a la experiencia estética? Con estas consideraciones he ponderado hasta aquí los aciertos en el planteamiento de “El Dragón y la Rueca”, mismos que permanecen, antes bien nutridos con numerosas reflexiones y vivencias, en esta segunda etapa de la escuela.

Por estos motivos, amén del afecto y admiración que siento por el proyecto y sus integrantes, he vuelto a la escuela-laboratorio de teatro “La Rueca” que se prepara para recibir a su nueva generación de estudiantes. En ese sentido me siento, y a propósito y en recuerdo de “Sed de Mar”, como el Ulises que se va de Ítaca rumbo a una larga guerra y que, tras la odisea del camino de vuelta, regresa a casa para compartir con los suyos las aventuras vividas, la experiencia acumulada, el saber de los decires de tierras lejanas. Siempre he creído en el teatro, y en el arte en general, muy a la usanza griega; como un fenómeno extrahumano regido por los dioses. Y así como la hoja no se resiste al camino que le indica el viento, así yo voy a donde quiera el teatro llevarme, a donde pueda servirle mejor. En estos tiempos aciagos de tantos crímenes injustos, de tantas muertes estúpidas, se vuelve imperativo que las escuelas de teatro abran las puertas con la intención de formar nuevos y mejores profesionales de la escena. Más aún en Cuernavaca, Morelos, aquella ciudad cuyo recuerdo primaveral y casi bucólico hoy se antoja como una triste ironía.

Si no oponemos el arte, la belleza y la vida a la destrucción, los harapos de país que nos quedan se nos irán definitivamente de las manos y la paz tan anhelada nunca llegará. No siendo el único recurso para la paz, el teatro es una de las mejores esperanzas que nos quedan para alcanzarla. Pero no cualquier teatro tiene el poder para llevar a los seres humanos hacia la reflexiones sobre quiénes son y qué están haciendo en este preciso momento de la historia, sino el que se comprende desde estos puntos de vista, es decir, el que se hace colectivamente no individualmente, porque es el grupo social el que importa salvaguardar ahora. Como recordó este año Jessica A. Kaahwa en su manifiesto del Día Mundial del Teatro, muchas plataformas culturales han logrado la transformación social y la reforma de comunidades en zonas de conflicto usando el teatro como un medio pacífico para alcanzar la reconciliación y progreso. Si una pregunta me hizo alejarme de este proyecto, la respuesta a esa pregunta, como se ve, es la que me hace ahora volver. El teatro, y especialmente el teatro de grupo, construye un lenguaje universal que puede llevar mensajes de conciencia social y revolución. Las verdades del arte son las mejores armas que tenemos para borrar las mentiras de la política. No hay en este presente, desde mi punto de vista, tarea más urgente para los artistas mexicanos y en especial para los futuros hacedores de teatro. La escuela teatro-laboratorio “La Rueca” se atisba, en septiembre de 20011, como un semillero para aquellos que compartan esta vocación.

No me queda más que esperar que gracias a estas palabras y a las de los otros que, como yo, han redactado su testimonio, jóvenes aspirantes a la actuación encuentren un camino en el arte a través de la escuela teatro-laboratorio “La Rueca” y lo completen sin obstáculos.

martes, 5 de abril de 2011

En memoria de Julio

Lo recuerdo claramente. Estaban dando sus primeros pasos en la música, recién salidos de la secundaria, y me invitaron a escucharlos. Todavía eran una banda de garaje y sonaban, como es de suponerse, poco menos que espantoso. Intentaban reproducir lo mejor que Dios les daba a entender, y no les daba a entender muy bien, el sonido de esa banda adolescente que, en ese entonces, les fascinaba. Les dije algunas palabras de aliento y reprendí a Julio, el baterista, por sonar encima de las guitarras. Le dio igual, y siguió reventando las baquetas contra los parches con todas sus fuerzas. Qué se le iba a hacer, apenas tenían unos dieciséis años. El tiempo pasó, giró la rueda de la vida. Dos de esos muchachos se hicieron músicos de verdad. El otro, Julio, el baterista, prefirió ser arquitecto, pero no logró graduarse. Lo mataron la semana pasada. Hasta donde alcanzo a entender por lo que los periódicos y las revistas han comentado, lo levantaron operarios del Cartel del Golfo, lo torturaron y lo asfixiaron hasta la muerte. Luego abandonaron su cuerpo destruido en un automóvil junto con el de otros cuatro chicos que corrieron con idéntica fortuna.


No había escrito en el blog desde hace tiempo. No tenía nada que decir, supongo. Hoy escribo, pero sigo sin saber qué escribir. ¿Qué palabras pueden hablar sobre una atrocidad que sólo puede entenderse a gritos? Ni Julio ni sus amigos asesinados eran criminales, ni tenían deudas con el narco, ni se trató de un ajuste de cuentas entre bandas de delincuentes. Los mataron porque sí, porque hace casi cinco años este presidente, imbécil como ninguno, abrió las puertas del infierno sin tener idea de que los demonios que de ahí emergieran iban a estar muy lejos de su control. Mataron a Julio como me pudieron haber matado a mí, a mis hermanos o a mis amigos: sin razón, porque el odio, la violencia y el horror no conocen sentido ni significado.


Mañana habrá marchas por todo el país que pondrán de manifiesto una vez más, como escribió con el corazón hecho añicos Javier Sicilia, que estamos hasta la madre de estos harapos de nación que los políticos-criminales y los criminales-políticos nos han dejado. Pero cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Si sólo marchamos mañana, si nos contentamos con sentirnos “menos culpables por haber hecho lo que pudimos” saliendo un par de horas a la calle con una veladora y unas flores en las manos, si esta marcha lo único que hace es exorcizarnos la rabia hasta que vuelvan a caer más muchachos, entonces, la muerte de Julio no habrá valido la pena. El único modo de honrar su memoria y no ser cómplices de la destrucción de esta tierra que antes llamábamos patria, es organizarnos y exigir de manera inmediata, contundente y visible a esos mamarrachos encumbrados en el gobierno que detengan, de una vez por todas, la lumbre que encendieron y nos devuelvan la paz.


Ante la radicalización de la violencia y el desgobierno, la protesta pública debe también radicalizarse en la paz y la lucidez. Ni mi Cuernavaca querida, ni Morelos, ni México les pertenece a ellos, los que jalan el gatillo y lanzan la ráfaga. Nos pertenece a nosotros y debemos recuperarlos. Esta lucha, mi lucha al menos, no es por volver a ver a Julio tocar la batería atronadoramente, ni por admirar el primer edificio que construyera. Eso ya es imposible. Mi lucha, mis palabras, son hoy por que nuevos jóvenes puedan soñar a ser bateristas o arquitectos sin temor a que una noche cualquiera, manos que más bien son garras, los arrebaten y los devasten.


Así que los que lean esto, piensen mañana, si una marcha es suficiente. Si creen que no lo es, entonces estarán de acuerdo conmigo en que, ahora que es la hora de saber quiénes somos, es nuestra obligación devolverle la dignidad a nuestro pueblo con más que consignas, mantas y buenas intenciones. Si no lo hacemos presto, cientos de Julios más caerán abatidos y uno de ellos, un buen día, seremos nosotros mismos.

miércoles, 4 de agosto de 2010

El beso de La Esfinge

La ciudad estaba ahí, la muy apestosa, como una planta carnívora, de esas que con sus aromas atraen a la caza, preciosa. Ahí estaba también el muchacho, pero no como Dios lo trajo al mundo, ¿cómo va serlo? sino tatuado y perforado, echado en la cama, con los ojotes tirando luz contra el aroma del sudor ácido de la noche. A su lado dormía, resollaba, todavía tibio, un último jadeo olvidado en el revuelo de sábanas que había dejado el amante antes de irse.

Quiso orinar. Se levantó y sintió en las narices, como un puñetazo, el olor de los condones sucios y anudados en el suelo, luego el del tubo de lubricante que se desparramó y casi lo hace resbalar, pateó sin querer los frasquitos de estimulantes inhalables, y se le metió entre los dedos el tufillo a chamusquina de las cenizas de la marihuana. No es tan sórdido como parece, pendejos, pensó y luego orinó.

Escuchó el sonido del chorro amarillo cayendo en el agua, aspiró su olor inconfundible, y supo que eso era lo único verdadero que quedaba en él, las ganas de orinar. ¿Quién iba a decirle que la vida era esto? Más, o mejor aún: demasiado.

Manejó como alma que lleva Judas, rabioso, hasta el Bosque de Aragón en su auto de segunda mano. Anduvo por los lodosos senderos retorcidos, olió el humor del musgo, olfateó el ruido que hace el liquen mientras crece sobre el tronco podrido al golpe de la llovizna y, pocos minutos después de haber cruzado el arco de piedra fría, encontró a La Esfinge recarga en el tercer árbol, empapada hasta los cojones de luz de luna.

No era La Esfinge como la recordaba el muchacho y él no era como lo recordaba La Esfinge, pero eran ellos a pesar de los años y sus ritmos empedrados, de las loterías perdidas y los descalabros. Sonrieron, los muy putitos. En el jardín de las delicias, los senderos bifurcados siempre se reúnen, más tarde o más temprano, bajo el galope de ese jinete extraño con la hoz en bandolera. ¿Quién iba a decirles, entonces, que la vida era esto: ver el destino hacerse en el semen atrapado por el receptáculo, en el cero negativo escrito en el papel sucio de un examen sucio en las manos de la enfermera sucia? No. Más o mejor aún: demasiado.

No hubo palabras, sino el simple y preciso rasgueo sibilante de un cinturón que se desabrocha, la campanita prístina de su hebilla contra el suelo, la caricia seca del resorte de la ropa interior deslizándose cuesta abajo por las piernas y sus vellos. Eran todo ojos, primero, húmedos; todo lenguas, después, lenguas como dardos, todo manos, todo falos, todo ellos. Y La Esfinge besó al muchacho.

Digamos que debiera haber un futuro en cuyo imbécil catálogo de los tan cacareados derechos inalienables del hombre se incluya el derecho a decidir cómo le da a uno la jodida gana de morirse, digamos que debiera haber un futuro sin dioses estultos de látex y petrolatos solubles al agua, digamos que debiera haber un más allá de orgías sin nombres contumaces, ni dueños felones, ni miedos al contagio.

¿Quién podría decir así que la vida era esto: campañas de prevención por todo el país, veladoras encendidas cada primero de diciembre, sarcomas mirados con vergüenza? Nada de eso, ¡nunca más nada de eso! ¡Quién iba a decir que la vida era esto! Más o mejor aún: demasiado.

Terminaron cuando terminaron. ¿Placer? Si y no, se diría, pero no vale la pena explicarlo. Si alguno no puede imaginárselo no merecía entenderlo de todos modos.No se despidió el muchacho de La Esfinge. Claro que volverían a encontrarse, otra vez, en la siguiente noche arrollada de sudor e ira, pero el muchacho ya no sería él, sino que se habría transfigurado también en esfinge y esperaría detrás del otro árbol a que otro como él... en fin.

Se volvieron a subir los pantalones. Desanduvo el camino, el arco de piedra, el sendero enlodado. No acudieron a rescatarlo de la tenacidad de la agonía el olor del pavimento mojado, el de la humedad del pasillo ni el de la madera de la puerta de la casa. Se volvió a tender en la cama. Los primeros revoloteos solares enervaron los aromas de los condones sucios, pero el muchacho ya no pertenecía a su estúpido mundo solitario, había pagado con su sangre el desencadenamiento de su mercadotecnia de mierda. Un precio demasiado chico: ¿qué es una pústula, un bubón o un chancro en comparación con la libertad de sentir habitado -de verdad que habitado- el cuerpo, ese cuerpo que no es otro, que es uno mismo. ¿Quién, quién carajos sino él y La Esfinge, podría decir que la vida era esto y no otra cosa? ¡Más, mucho más desde este momento, o mejor aún: demasiado!

Se desnudo frente al espejo antes de meterse a bañar, miró su piel que ya no era frontera. Era alas y garras, ¿cómo decirlo? Esfinge. Abrió las ventanas de par en par y ahí estaba, nunca antes vista, la línea del horizonte en el que se une la tierra de los leones y el cielo de las águilas. Miró el reloj. Se le hacía tarde al lunes para discurrir su pegajosa banalidad. El demonio del remordimiento no alcanzó a encontrarlo. Era un muchacho honrado y se sentía poderoso, confesó para sus adentros. ¿Quién iba a decir que le vida bien podía ser... esto... feliz... feliz, feliz, feliz? Más, o mejor aún: demasiado.

Se orinó encima. La verdad no lo había abandonado todavía.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Más caballeros por favor.


Hoy por la mañana uno de mis seres más queridos se quejó amargamente por mi último post (al parecer últimamente a todos les da por reclamar mis entradas…) titulado “Más política y menos djs”. En él me refería a la despolitización de la llamada comunidad gay y cómo para muchos homosexuales “de ambiente” resulta más importante saber quién tocará en la pool party del fin de semana, que el hecho reprobable de que una banda de rufianes abofetee con saña a dos dieciochoañeros por caminar tomados de la mano.

Pese a que, según yo, queda claro el sentido del texto y la razón del título, el queridísimo sujeto en cuestión argumentó que siendo él el dj más de moda en el circuito (si él lo dice, ha de ser verdad; yo nada entiendo de esas cosas), mis reflexiones parecían un ataque y argumentó que si él escribiera una queja contra los hombres, yo me daría por ofendido si la perorata se titulara “Más caballeros y menos actores”. Puede que tenga razón, pero como se trata de un caso hipotético, nunca lo sabremos de cierto. Sin embargo si queda claro que ahí “actores” tomaría el lugar de “farsantes”, supongo que no me lo tomaría a mal.

De todos modos el asunto me hizo pensar en algo que había venido masticando en mi cabeza desde hace algunas semanas: la caballerosidad, por lo visto, ya no es un valor importante desde hace varias generaciones, la mía incluida. Hace cincuenta años tal vez, la buena educación y formalidad eran importantísimos puntos de referencia para estimar a los varones y mientras mejores fueran sus modales, en general, mejor era su reputación, en especial ante las señoritas a las que cortejaban.

Pero de un tiempo a esta parte, parece que las cosas se han invertido de tal modo que ahora la vulgaridad se presenta como el epítome de lo atractivo. Lo observo en uno de los alumnos de preparatoria, por ejemplo, cuyo comportamiento es paradigmático: maltrata a sus compañeras verbal y físicamente, les encuentra apodos ofensivos, las jala del cabello, las nalguea sin ningún pudor, etcétera. Uno esperaría que la reacción de las chicas sería cuando menos defensiva, ¡y no! ¡Lo a-do-ran! ¡¿Por qué?!

La respuesta parece obvia, los tiempos han cambiado y según yo, en este caso, para mal. Me atrevo a pensar que no es sólo que la caballería se haya trocado por la vulgaridad, sostengo que es toda una forma de pensar el mundo la que se ha modificado y parece que hemos pasado de las escalas que diferencian lo que es mejor y lo que es peor, a una especie de informidad en la que todo es igual y todo da lo mismo. Recuerdo el tango de Discépolo que decía: “Hoy resulta que es lo mismo/ ser derecho que traidor,/ ignorante, sabio o chorro,/ generoso o estafador... “.

Este atropello a la diferenciación es el responsable de que, por decir algo, la gente no distinga entre la información que un mamarracho sube a la red, la que está en Wikipedia y la de una página de investigadores de la UNAM, por citar un cado muy chato. La incapacidad de discriminar una cosa de otra tiene consecuencias más graves, pero no es momento de abundar en ellas.

Quedan por ahora sólo dos cosas pendientes. Uno, que si el post no se llama como la expresión original descrita párrafos arriba, fue para no tener que escribir mañana retractaciones a los muchos actores que se sintieran tristes por leerme. Y segundo, que en lo que revelo los profundos misterios de la lógica de la modificación de la axiología mexicana, yo sugeriría una revisión del modo en que los unos tratan a los otros en pos de la caballerosidad. Sigo creyendo, lo he dicho fuerte y quedito, que si no empezamos por cambiar nuestro trato hacia los demás, no tendremos nada que oponer moralmente a la violencia que atesta nuestro entorno.

viernes, 12 de marzo de 2010

Más política y menos djs


Al parecer los activistas gay han llegado a la conclusión de que promover la división del colectivo social es el camino a la conquista de las libertades pendientes. Sólo de este modo se explica que una facción de los organizadores de las tradicionales marchas del orgullo haya decidido convocar a una movilización este domingo catorce de marzo cuyo objetivo es, según ellos, celebrar con un carnaval la aprobación de las bodas entre personas del mismo sexo en el Distrito Federal. Sin embargo es bien razonable suponer que este “carnaval” no es más que una marcha que protesta contra la marcha tradicional cuyo punto de origen está en alguna escisión entre la dirigencia de la comunidad gay.

Fuera de querer ganar una fecha más en el calendario para celebrar la diversidad junto con el catorce de febrero, el día mundial de la lucha contra la homofobia o el día mundial de la lucha contra el sida, la convocatoria para este fin de semana abona a la ruptura y manda un inequívoco mensaje a nuestros detractores sobre lo divididos que estamos y lo vulnerables que somos. Y justo ahora, no hay peor momento para fracturarse: la derecha retrógrada pretende reunir argumentos para echar abajo la ley de matrimonios y si no lo logran, podrían aún tener oportunidad para oponerse a las adopciones, además de blindar las constituciones locales para evitar que la discusión llegue a los congresos de los estados.

De todos modos, ya era un hecho consumado que la marcha de junio había perdido desde hace al menos una década su sentido político y se había convertido en una celebración de la desinformación, de la decadencia y, recientemente, del aburrimiento. Más aún, mientras se fueron desdibujando las presencias de las asociaciones civiles, las universidades y los colectivos, la marcha devino en un escaparate para los bares, sitios de encuentro y marcas gay friendly. En pocas palabras, se volvió un ejercicio superficial al que se agrega uno más, el carnaval que viene, que no suma nada y sí resta mucho.

Mientras tanto, ahí están los miles de niños y jóvenes que permanecen encerrados en la prisión del clóset, la legislación pendiente para la reasignación de identidad a transgéneros y transexuales, el vacío en la educación sexual diversa en las escuelas primarias y secundarias, además de los derechos civiles para homosexuales que deben ser conquistados en toda la nación y no sólo en la capital. Huelga decir que nada de esto se ganará con carnavales y enconos, sino con acciones que apunten a la unificación y al trabajo organizado en torno a un objetivo justo.

Por todo esto propongo lo siguiente: dejar de marchar de una vez y para siempre y trasladar la resistencia a la vida cotidiana. Sería mejor darle la mano en la calle a la pareja, en lugar de besarse apasionadamente en la marcha bajo el anonimato de un antifaz de lentejuelas; sería mucho más valiente presentarse un día a trabajar en falda y tacones que desfilar por Paseo de la Reforma con espalderas de pluma y colas de pavo real; etcétera. Claro, todo eso es más complicado que ir a pegar de brincos atrás de un trailer con música electrónica, pero tal vez ahí esté la posibilidad de cambiar verdaderamente las cosas que, a todas luces, no hemos logrado modificar por la vía de los carnavales edulcorados y las fiestas con los djs de moda.

jueves, 4 de marzo de 2010

Votos


Yo prometo ser un niño y
enfermar de gripe,
querer helado,
temerle a la tormenta
y querer un compañero de juegos.

Tú promete cuidar de mí y
aliviarme,
acariciarme,
consolarme
y jugar conmigo.

Y cuando tú seas un niño, yo prometo
ser enfermero,
correr tras el carrito,
enfrentarme a los demonios de trueno
y jugar siempre contigo.

viernes, 26 de febrero de 2010

El efecto blogmerang

El fin de semana pasado durante una reunión una amiga querida opinaba vehementemente que el blog era un desperdicio y que los que teníamos ganas de escribir deberíamos aplicarlas a medios de difusión impresos pues en su consideración, son éstos y no otros los que tienen capacidad suficiente para impactar sobre los grupos sociales. Yo, claro, opiné que más bien habría que optar por los medios electrónicos que son mucho más baratos y democráticos, además de que, por definición, son capaces de llegar a más personas. Sin embargo, a mi argumento ella oponía el hecho inescapable de que los medios electrónicos no discriminan entre el que escribe genialidades y el que teclea sandeces. La discusión remató con el reconocimiento de mi parte de que en realidad, hasta donde yo sé, casi nadie lee mi blog y que, por el contrario, la columnita que publico cada quince días en la revista SerGay es al menos ojeada por más de un millar de personas. En conclusión, los medios impresos siguen teniendo la preeminencia. No obstante esta semana me ocurrió algo que si bien no refuta la conclusión anterior, al menos la cuestiona.

La cosa estuvo así: en mi post anterior escribí una reflexión sobre lo desagradable que me resultaba esa actitud del mexicano de aventar la piedra y esconder la mano y citaba, a manera de ejemplo, una experiencia que me había ocurrido recientemente con un grupo de trabajo y que resultaba ser elocuente al respecto. Como de costumbre publiqué el link al blog en Facebook por si alguien se interesaba en leerlo. Hasta donde puedo discernir por los comentarios que dejaron, la entrada la leyó un amigo, un estudiante y basta. Pero, y acá está el detalle, también la leyó el director del proyecto al que me referí y que por supuesto, no se tomó el texto como un artículo inocente, sino como una traición disparada a mansalva; no comprendió pese a su talento que era sobre “esto” y no contra “aquello” (las preposiciones hacen la diferencia). En fin, terminé por renunciar al empleo.

Allende las consecuencias tristes que ocurrieron en mi vida a raíz del suceso, como el tener que despedirme de un trabajo y un equipo que me gustaba sin mencionar el pequeño desprestigio que causarán las murmuraciones en el medio, hay algunas cosas interesantes que no puedo dejar de señalar por la conversación que conté en el primer párrafo. Primero, ¿cómo es que el director enojado leyó el blog? No tiene Facebook, él mismo dio de bajo recientemente su perfil y no vive en la blogósfera ni en sus alrededores. Sostengo, pues, la hipótesis de que alguien más leyó el blog y se lo pasó pero ante la falta de evidencia se puede expandir la hipótesis hasta suponer que el blog se fue pasando por un número infinito de manos hasta llegar a su destino fatal y quién sabe si de ahí siguió (o sigue) pasando.

Haya sido como haya sido este hecho da pie a pensar que el blog (en general, no sólo el mío) así como otros medios electrónicos sí tienen la capacidad de impactar sobre un público más o menos considerable, independientemente de sus efectos. Por ejemplo, el Sendero del Peje mantuvo comunicados a los miembros de la resistencia civil pacífica que apoyaba a Andrés Manuel López Obrador luego del fraude electoral del dos mil seis.

A propósito de los efectos, toda vez que se trataba en aquel caso de mantener a los miembros de una comunidad informados en torno a un objetivo común, podríamos decir que el efecto fue positivo. En mi caso, por el contrario, el efecto fue negativo, como si el blog se volviera en contra mía. Por eso lo he llamado pintorescamente “efecto blogmerang”, aunque aún hacen falta otros casos para caracterizarlo. Acaso los lectores anónimos de este blog quieran ayudar a hacerlo compartiendo de una buena vez por todas sus impresiones… así al menos sabría quién lee estas palabras tiradas al océano de la red como botellas con mensajes de náufragos.

Ahora pienso que hay un asunto ético de por medio en la relación que mantienen los medios electrónicos con sus efectos, ya que lo que uno escribe puede ser leído por quién sea, contextualizado cuando sea e interpretado como sea. Yo me siento a favor de la exposición abierta del pensamiento, pero, ya se ve, esa libertad, como todas las libertades, demanda responsabilidad sobre sus consecuencias. Lo examinaré en otro post si supero mi temor a ser descubierto por alguien más a quien le resulten incómodas mis ociosas elucubraciones.

domingo, 21 de febrero de 2010

El gobierno que se merece


Una experiencia laboral reciente acaba de confirmar a nivel microcósmico ese refrán que dice “cada pueblo tiene el gobierno que se merece”. Personalmente nunca me he sentido de acuerdo con tal cosa pues considero que, por ejemplo, el pueblo de México no se merece, en general, ser gobernado por esta runfla insultante de políticos. Normalmente evitaría pensar en estas cosas porque al hacerlo siento que doy vueltas en círculo en un circuito de reflexiones aburridas. Tarde o temprano llego a la conclusión (lugar común de las señoras chismosas) de que “no hacemos nada” para cambiar las cosas, pero pese a la convencida convicción con que afirma esto la señora que vende memelas en la esquina, no puedo dejar de tener la sensación de que es mentira, o al menos, una verdad insuficiente para explicar algo tan complicado, algo tan irreductible, me parece, a la apatía de la sociedad civil. En fin, la anécdota que voy a contar me hizo volver al punto, un poco a mi pesar:

Ocurrió que trabajando en una producción de teatro muy tacaña (escudada en el argumento de que es muy pobre), el director decidió ensayar en un lugar que queda hasta el quinto infierno (para los lectores no chilangos, eso quiere decir que está muy requete lejos) porque era el único espacio gratuito a la mano. Los actores nos inconformamos por lo bajo y resolvimos exponerlo al director antes de comenzar a trabajar. Yo era el más enardecido puesto que a las tres horas de ensayo, haciendo cuentas, habría que invertir otras tres entre idas y vueltas para llegar al lugar, o sea ¡seis horas en total! Demasiado, según yo. Conciente, pues, de que iba a ser yo el que abriera la caja de Pandora, amenacé a mis compañeros con “chin chin” el que me deje morir solo… y dicho y hecho. Todos calladitos. Mi intentona se frustró ante la falta de apoyo y por supuesto, el cambio esperado, obviamente, no ocurrió. Lo peor es que al terminar el ensayo, los mismos actores palurdos que hicieron pico de cera en el momento en que debieron hablar, salieron cuchicheando que seguían enérgicamente inconformes. Bah.

¿Qué lección se extrae de todo esto? Ninguna porque no es lo mismo ocho actores que cien millones de mexicanos, pero si nos ponemos a hacer generalizaciones salvajes, sólo por divertirnos, diríamos que el mexicano está bueno para atizar la lumbre, pero malo para decir “esta boca es mía” cuando arde el incendio. Dice la consigna que “el pueblo unido jamás será vencido”, pero ahí justamente tuerce el rabo la marrana, ¿cuándo ha estado unido todo el pueblo? Que yo recuerde, sólo cuando se murió Pedrito Infante, y ni aún así, para ser honestos. De lo cual se puede deducir que siempre de los siempres será vencido el pueblo. ¿Tenemos el gobierno que nos merecemos? Sigo creyendo que no, aunque lamentablemente, lo que acabo de contar, demuestre que sí. Mientras tanto, yo sigo invirtiendo seis horas en ensayar o más si al sindicato de luz se le ocurre cerrar División del Norte en viernes de quincena a la hora pico.

lunes, 15 de febrero de 2010

Oponer el amor


El once de septiembre de dos mil uno determinó para mi generación la fecha definitiva en que el mundo se vino abajo junto con las torres gemelas. Y no lo digo porque me importe especialmente que caigan los emblemas del capitalismo neoliberal impuesto al mundo por los Estados Unidos; es más, por mí mientras más tótems de estos caigan tanto mejor. Digo que habría que datar esa mañana como el momento justo en que nuestro mundo que (otrora creyó en el progreso, la modernidad, la democracia) se terminó. En su lugar se impuso el miedo y esto era además, según los teóricos de la posmodernidad, previsible. No necesito, hoy por hoy, dar ejemplos para probar que el miedo es el estado mental que conserva el grueso de la población mundial. Por decir lo más reciente, basta asistir vía los medios de comunicación a la carnicería que “sin querer queriendo” desataron contra doce civiles los marines norteamericanos en la ya de por sí depauperada y flagelada Afganistán.


Pero no vayamos tan lejos. En México alguien mucho más listo que yo escribió que en el dos mil seis se instaló el odio entre nosotros y sobre esto ha corrido tanta tinta como aguas negras en el Valle de Chalco recientemente. En febrero del dos mil diez decir que vivimos en medio del odio casi es poco decir. La violencia es más que insufrible, inconcebible y no me refiero, aunque también, a la violencia de los cárteles del narcotráfico y el ejército que lo acribilla a uno por quítame-de-aquí-estas-pajas o mucho menos que eso. Hablo de la violencia con la que como ciudadanos hemos correspondido a aquella y hemos dirigido, acaso por no tener mejor con quién, contra nosotros mismos. En el siguiente párrafo, va un ejemplo de algo que me tocó la semana pasada.


Un señor que va de mal humor porque a causa de los apagones de luz en el D. F. se le descompuso el despertador y por eso ya va tarde a una junta de trabajo, toca el timbre del microbús en el que viaja durante treinta segundos para indicarle al chofer que lo debió haber bajado hace quince cuadras. El chofer que va de malas también porque por el tránsito congestionado que provocan las obras viales que proliferan en vísperas de elecciones, va tarde para checar en su paradero y maneja hecho la mocha como si de plano en lugar de camión trajera go-kart. Para no interrumpir demasiado su carrera el tal chofer se orilla desde el tercer carril de Calzada de Tlalpan hacia la banqueta haciendo un movimiento automovilístico conocido como “ábranse piojos que ahí les va el peine” e, inevitablemente, pega contra una camioneta que transporta marranos hacinados y chillantes que se alborotan como locos con el impacto de los vehículos. El chofer, de nueva cuenta haciendo gala de sus conocimientos en materia vial, intenta “pelarse”, pero el camión de puercos para atajarlo, se atraviesa y se embisten nuevamente ahora contra los chiqueros improvisados en la caja causando la baja de un cochinito y el terror de los otros. El señor del principio que, entre tanto, no se ha despegado del timbre pues sostiene la tesis de que chocado y todo, el microbús debe hacerle la parada, aprovecha la kermese para bajarse echando chispas, adivinando los regaños de su jefe, y acto seguido es emulado por los demás pasajeros. Una señora gorda alcanza a espetar al chofer “traes gente, no animales”. Lástima que no podamos oír la opinión de los puercos al respecto. Cláxones que mientan madres, coches que ya no saben si vienen o van y los dos choferes indiferentes ante esto, se lían a golpes al pie de sus respectivos vehículos sin que nadie intente detenerlos, ni los policías que comen tacos de canasta en la esquina.


En fin. Estoy seguro de que no le hace falta al mundo otro post sobre lo mal que está todo, así que ésta es mi propuesta: opongamos al miedo y la violencia el amor. ¿Qué quiere decir esto? Es simple, pero es lo mejor que se me ocurrió. Tratémonos todos con ternura, aunque seamos burócratas del Seguro Social o cajeros de Wal-Mart. Estoy convencido que esto no va a solucionar la gran cosa o mejor dicho, casi nada, pero si no somos capaces por lo menos de sonreírle al prójimo antes de preguntarle “¿qué va a querer?”, estaremos definitivamente perdidos. Si como polación civil hemos sido rebasados por la corrupción institucional, en lo que descubrimos un método para la transformación social, empecemos, mínimo, por querernos.


No digo que los choferes se agarren a besos con el señor del timbre, pero algún otro remedio debe haber aparte de agredir a todo mundo. Me resisto a estar de acuerdo con el Ché Guevara cuando dijo “creo que la lucha armada como la única respuesta para los pueblos que luchan por liberarse”. Prefiero creer en la revolución de las conciencias y en el amor como su primicia. De esta ética de la ternura, creo, debe nacer la inteligencia para defendernos de las injusticias del poder. Si como sociedad no lo logramos nos estaremos encaminando de nuevo hacia un estallido social sangriento que, además de sus probadas ineficacias que este año celebramos por duplicado, estoy seguro que nadie desea salvo aquellos que creen que quedan monos los cadáveres apilados en las avenidas.

viernes, 8 de enero de 2010

País legítimo, país ilegítimo


Este país cada vez más da la impresión de ser dos países: unos acá y otros allá; la tan cacareada polarización de las ideologías de los mexicanos. El dos mil seis hizo evidente la fractura de la nación y aunque el desgaste de la maquinaria política y la rutina de los últimos tres años hayan contribuido a esconder la herida, es innegable que la escisión sigue presente.

Las reacciones frente a la ley que despenaliza el aborto en la Ciudad de México, por poner un ejemplo, ponen en evidencia este asunto: en esta esquina la clase media educada que celebra la modernización, en la otra las clases privilegiadas que se horrorizan ante un atentado de tal magnitud en contra de sus buenas conciencias; acá los vigilantes de los derechos humanos (con excepción de le CNDH que bajo la tutela de José Luis Soberanes no se ocupó de defender ningún interés público) que aplauden la mitigación de un problema de salud pública, allá la iglesia (la asesina, la pederasta, la corrupta, la narcotraficante, la ladrona, dijera Fernando Vallejo), repartiendo excomuniones a cuanto médico se atreva a interrumpir un embarazo; etcétera.

El punto es que, aunque la realidad sea terriblemente más compleja, pareciera que todos vamos tomando, más o menos, partido por un bando o por el otro, por la derecha o por la izquierda, por lo moderno o por lo tradicional. Esto no es ninguna novedad, no obstante. ¿No eran en la época anterior a la reforma de 1857 dos partidos los que se disputaban el poder; los conservadores por un lado –que se encargaron de traer de Europa a un emperador austriaco para gobernar el país- y los liberales por otro –que mantuvieron como pudieron en un gobierno itinerante a Benito Juárez-?

La oposición entre estos dos países que somos, y que a lo mejor siempre hemos sido, ya se redujo una vez a dos categorías simplonas pero bastante asequibles: lo legítimo y lo ilegítimo. Sin embargo es aquí donde tuerce el rabo la puerca, como se dice popularmente, ¿qué es y qué no es legítimo? María Molliner opina que es legítimo aquello que se opone a lo falso, es decir, que es exactamente lo que dice que es y no una falsificación. Pongamos a prueba este razonamiento en el caso de la reciente aprobación de los matrimonios entre personas del mismo sexo en la Ciudad de México.

No es normal la homosexualidad, arremete con lujo de ignorancia el pseudo comunicador Esteban Arce y con él todo el machismo homofóbico. ¿Es legítima esta afirmación? Lo normal se ha malentendido como “lo que hace la mayoría”, pero esta definición devenida del concepto de norma en matemáticas funciona bastante mal para comprender los fenómenos sociales; sobretodo porque lo normal se ha revestido, en gran parte por culpa del discurso psiquiátrico clásico (Foucault dixit), de un valor positivo y lo anormal, de uno negativo. Entonces, ¿qué es lo normal? Simplemente una práctica posible en función de sus causas, aunque no sea recurrente o generalizada. Por ejemplo, ¿es normal que tiemble? sí, aunque en algunos lugares ocurra con más frecuenta que en otros; ¿es normal que haga calor en invierno? sí, uno que otro día en razón de los desplazamientos de las corrientes térmicas. Entonces, ¿es normal la homosexualidad? Sí, aunque la mayoría de las personas sean heterosexuales. Tan es normal que hay registros muy antiguos de su práctica y evidencias científicas de que en la naturaleza, que está libre de moral, existe y no poco, aunque este argumento sea puro folclor porque lo que estamos queriendo entender es, más que otra cosa, un problema social.

Predica Norberto Rivera, cardenal primado de México, que los matrimonios gays atentan en contra de la familia. Queda claro que el concepto de familia que defiende el catolicismo es heterosexual, monogámico, exclusivamente reproductor y hasta que la muerte los separe; pero este tipo de familia no es el único y, es más, casi va a la baja. Muchísimas familias se separan y los hijos viven con su padre o con su madre alternativamente y otras tantas son encabezadas por madres solteras porque el padre quién sabe quién es, o no se hizo responsable, o se fue a buscar trabajo allende la frontera del norte, o cualquier otro motivo. Más aún, hay familias integradas por dos comadres que viven con sus hijos y que se juntan para compartir los gastos, o unos abuelos y sus nietos, o un hombre con sus varias mujeres al estilo del harén árabe (¡se sorprendería el cardenal de saber cuántos casos como estos existen en el país y no se documentan!), y un sin fin de familias mexicanas que no son el arquetipo con el que sueñan los religiosos en sus homilías. Así pues, ¿atentan contra la familia mexicana los matrimonios gays? No, y para probarlo ahí están (y no escondidas, sino a la vista en organizaciones civiles bien identificables) muchas familias homoparentales que efectivamente viven en la república y cuyos miembros, como los de cualquier familia, trabajan, pagan impuestos, hacen la comida, barren el patio, lavan la ropa, llevan a la escuela a sus hijos, les inculcan valores, les enseñan modales y los sacan a pasear al parque para que jueguen con los demás niños.

Pro-Vida, la asociación civil de derecha, ladra a los cuatro vientos que un hijo criado por dos padres o dos madres no tendrá un desarrollo armónico y será un inadaptado social en potencia. ¿No son los militares asesinos, hijos de padres heterosexuales?, ¿no lo son los sacerdotes que violan niños y niñas, no lo son los políticos corruptos que venderían a su madre a cambio de más poder, no lo son los narcotraficantes y demás runfla de delincuentes que tienen sumida a la población en el terror, no lo son los empresarios abusivos que se enriquecen a costa de la postración de las clases trabajadoras? ¿No fueron Franco, Hitler, Mussolini, Hiroito, Noriega, Somoza, Batista, Videla, Fuijimori, Díaz Ordaz, entre otros piojosos, educados en familias de heterosexuales? ¿Son los hijos de gays agentes peligrosos para el orden social? A todas luces no, al menos no privativamente.

Con todo esto, ¿son legítimas las afirmaciones anteriores que han detentado los sectores más conservadores de la sociedad: uno, las homosexualidad es anormal; dos, que los matrimonios entre homosexuales desquebrajan la célula fundamental de la familia mexicana; y, tres, que los niños que crecen en familias de homosexuales son desequilibrados mentales? No, no son afirmaciones legítimas, a la luz de lo expuesto arriba, o sea, son falsedades o, como se dice en buen español, mienten con todos los dientes.

Concluyamos con lo siguiente. La pugna entre lo liberal y lo conservador se debe dirimir con el árbitro de la legitimidad de sus argumentos. Negar la plenitud de los derechos civiles a los homosexuales en este siglo, como ha insistido en hacerlo el Partido Acción Nacional, equivale a afirmar que la raza negra es inferior, o que las mujeres no tienen alma, o que los indígenas no deben votar. Si los homosexuales en este país cumplen con las mismas obligaciones que los heterosexuales, legítimamente deberían recibir los mismos derechos.

Mientras esto no ocurra los homosexuales mexicanos seguirán siendo ciudadanos de segunda clase y este país, que parece dos países, muy difícilmente avanzará en el camino de su reunificación. Y esto no es poca cosa porque de la división y el enfrentamiento nace el odio, y del odio, la guerra y la muerte, como hace exactamente doscientos años, como hace exactamente cien años.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

El camino es la casa


Para Miguel, cuyo nombre quiere decir el aire que respiro.

Había tormenta sobre el océano y tú, bajo el martillo de la lluvia, tendiste un puente sobre las grandes aguas y me animaste a cruzarlo hasta un nuevo continente.

La tempestad arreció cada que pudo y golpeó con fiereza el camino, rompió las tablas y soltó las cuerdas, me arrepentí de seguirte y te lamentaste de haberme traído contigo. Pero alguna vez que estuve a punto de caer por la borda, tu mano presta me salvó del abismo; y otra vez que quisiste rendirte, mis ojos severos te pusieron de nuevo en marcha, primero a regañadientes y luego, poco a poco, con esperanza renovada.

Y andando a trompicones sobre la mar picada el puente que construiste, fuimos soñando con lo que encontraríamos en la nueva tierra, cantábamos que no sería como el mundo anterior, árido y quebradizo, sino hecho su suelo de pan dulce y sus aguas de leche, sus florestas de cuajada y sus ríos de té, sus bestias dóciles y se lengua prístina.

Y en esto veníamos, entretenidos con la risa y el olvido, con el te quiero y te perdono, que sin darnos cuenta alcanzamos la orilla.

Todo era como esperábamos, por aquí te vas tú, por allá me voy yo, cada uno a sus felicidades y al echar andar, cada vez que uno volvía la vista atrás, el nostálgico puente, desvencijado y medio podrido, seguía ahí. La tentación, o sea, la seducción, no siempre es un demonio porque el demonio mismo no siempre lo es.

Y uno primero y el otro también, corrimos de regreso al puente y a la tormenta a emprender el camino de regreso. Aquí nos tiene el mundo ahora, de nuevo sobre las olas con espumas afiladas como dientes de lobo.

Qué tontería, dirán algunos, al enterarse que esta vez cruzamos para no llegar porque apenas alcancemos la orilla, volveremos al puente y así una y otra y otra vez hasta que no tengamos más casa que el camino.
Con el tiempo más viejo y más ruinoso se pondrá el puente, y más tontos y más necios nos pondremos nosotros, ¿qué será, será?, ¡lo que sea sonará!

Al final de mi vida, estoy seguro, no tendré más que decirte gracias por haber tendido un puente sobre las grandes aguas y, a pesar de los pesares, dejarme vivir en él, vivir como debe ser, es decir sin miedo, es decir contigo, mi amor.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Contra Tavira

Foto de la Revista En Contacto (a poco no parece un angelito...)


Contra la costumbre de este Blog de no dedicarlo a más letras que las mías (y aún más, contra la irrefrenable tendencia de Tania Kú a reenviarme estupideces) replico ahora este artículo de Enrique Olmos publicado en Revista Replicante, nomás porque envidio que Tavira tenga tanto dinero para producir y yo no.

Un año de la CNT


Luis de Tavira es director de escena, dramaturgo y adaptador, pedagogo teatral y ensayista. Ex jesuita, su visión del ejercicio creativo está en función de su formación religiosa, de la cual extrae inteligencia, método propio de trabajo, férrea disciplina (con la extenuante carga de sacrificio que proviene del catolicismo) y especialmente celebración culpígena: el arte como dolorosa expiación del pecado, catarsis medieval fundada en la obediencia y el miedo: ceremonia y superstición, el teatro como una fuente de vigor religioso, de estructura piramidal y endogámica.

La muerte de los maestros Juan José Gurrola y Ludwik Margules, ocurridas en esta misma década, dejaron a Tavira como la principal figura del teatro nacional. Desde el punto de vista artístico, pero también político, Luis de Tavira es el sacerdote del teatro mexicano, el tlatoani de la república escénica nacional, el evangelizador y el regente: el jefe de jefes. La última muestra de sus alcances, tanto creativos como políticos, fue asumir y organizar la dirección artística de la Compañía Nacional de Teatro, prácticamente en el olvido, renovada por encargo de Sergio Vela, a la cual se le dotó de un espacio teatral propio, totalmente nuevo, con las implicaciones burocráticas que esto conlleva, y dinero para financiar a actores y creativos (más de cincuenta) con más de 18 millones de pesos para la producción de sus obras. En este primer año de vida de la nueva CNT se han estrenado cuatro montajes, con resultados artísticos disparejos, según la crítica.

Hay que decir que 18 millones de pesos son casi la mitad del presupuesto total de la Coordinación Nacional de Teatro del INBA, lo cual indica el despropósito de la agrupación: mientras el país y sus bienes culturales y artísticos sufren una crisis sin precedentes, el imperio taviriano renueva su trayectoria con cifras inalcanzables. Los números, sumados al proyecto artístico buscan renovar un teatro centralista y burgués dirigido impúdicamente a los barrios bonitos de la ciudad (Ajusco, Condesa, Coyoacán, Polanco, Roma). ¿Para qué tener una compañía nacional multitudinaria a nivel europeo mientras las escuelas de teatro expulsan/egresan desempleados, los teatros independientes cierran, en el interior del país es imposible profesionalizar el ejercicio teatral y para colmo la democracia brilla por su ausencia en el proyecto artístico de Tavira? ¿Para qué hacer una compañía nacional que sólo funciona en el centro de Coyoacán?

Nadie resuelve el enigma, porque Vela ya no está en CONACULTA y Tavira no conoce la rendición de cuentas. Lo triste es ver el resultado de su proyecto artístico: actores y colaboradores de su confianza/escuela (no siempre los mejores), textos dramáticos deficientes (poca dramaturgia nacional) y muchos funcionarios de por medio.

En su última obra (Ser es ser visto), de más de cuatro horas de duración, intervienen los 43 actores de la Compañía en una paráfrasis escénica coestrita entre Tavira y Stefaine Weiss e inspirada en textos de Botho Strauss, Johann Wolfgang von Goethe, Whilhelm Müller y Friedrich Rückert. 10 historias que ocurren en Alemania donde transitan actores de primer nivel haciendo personajes insolventes y efímeros, contundencia actoral desigual, un texto por momentos moralizante y de estructura dramática añeja, diálogos y atmósferas dramáticas poco cuidadas y por encima de todo, el exceso: multitud de actores, un perro que apenas aparece, espacio escénico que cambia, que se mueve en cada escena, ornamentos en demasía, un corifeo aburrido e innecesario, mucha palabrería impostada con registros desiguales y la ambición taviriana por dibujar un pueblo, un país, la humanidad entera; es decir, querer contarlo todo y encima contarlo con muchas deficiencias formales. Sin embargo, notable el diseño espacial de Phlippe Amand y el vestuario de Estela Fagoaga y muy rescatable el esfuerzo actoral de algunos viejos señores de la escena mexicana.

Una obra de más de cuatro horas de duración, en un espacio si bien renovado (todo es nuevo) casi desconocido (ningún taxista sabe cómo llegar, no hay letreros), saliendo del teatro entre semana casi a media noche, ¿qué clase de espectador buscan? No creo que aspiren a la clase trabajadora, tampoco al que reside en la zona metropolitana de la ciudad, ni en provincia.

Al respecto, en un reciente homenaje por el fallecimiento de Jerzy Grotowsky, Tavira se despacho con la siguiente frase: “a Dios no lo ha visto nadie, y si dices que amas a Dios, a quien no ves, pero no amas a tu hermano, al que tienes enfrente, te estás engañando; por eso me interesa seguir haciendo teatro para los espectadores”.

En una sociedad reaccionaria y al interior de un gremio artístico como el teatro, tradicionalmente conservador (en México), no es de extrañar que Tavira haya cultivado verdaderos feligreses. Al mismo tiempo (por sus vínculos políticos y religiosos, con especial énfasis desde el triunfo del PAN) el aparato institucional de subvenciones y prebendas está literalmente a su servicio. Su procedimiento: la perfecta construcción de estructuras de poder, el adoctrinamiento como motor del proceso creativo y la negación de cualquier forma de crítica, ni propia ni ajena, proyectando su excelente oratoria y pensamiento intuitivo sobre alumnos y colaboradores. En ese sentido Tavira es nuestro priísta inolvidable, el que funda su reino en el discurso y desatiende el resultado (porque nadie será verdaderamente capaz de juzgarlo), el que desprecia la pluralidad y añade a su altivez la represalia contra los inconformes (¡esos ignorantes!), el teatro alguna vez revolucionario se institucionalizó. A su manera es un profeta: anuncia el centralismo cultural y el cacicazgo del PRI, que nunca se ha ido, que regresará con mayor fuerza.

Y más que Luis de Tavira, algunos de sus discípulos son los que han contribuido al desencanto por sus proyectos en el teatro nacional a partir de resultados escénicos insuficientes, siempre incentivados por el estado mexicano, desde las tutorías del Programa Nacional de Teatro Escolar hasta la CNT, pasando por el CEDRAM y el programa de México en Escena, en todo está el sello De Tavira. Si después de tantas ayudas institucionales Tavira no ha logrado crear una compañía autogestiva, habría que buscar otras opciones.

En el fondo, Tavira sabe que se engaña, que su teatro ni lo acerca a su dios, ni al público. Si realmente fuera un hombre religioso renunciaría al proyecto de la CNT por principios morales: mientras el teatro nacional sucumbe ante presupuestos indignantes y la masa crítica de artistas escénicos profesionales aumenta no hay manera de producir, de profesionalizar, de crear en condiciones más o menos iguales. Si Tavira conociera a fondo las carencias del teatro mexicano se (auto) expulsaría del templo que le han construido. Eso no sucederá, lamentablemente.

Tomado de http://www.teatromexicano.com.mx/noticia.php?id=171

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Morir de amor

* Esmeralda Reynoso. Cajas del corazón.


¿Qué más letras quieres que te ofrezca,
si te he dedicado ya mi vida?

i.

El viejo profesor D., que enseña literatura en una universidad privada, a sus setenta años está seguro de que ha vivido una vida que podría calificarse de satisfactoria. Feliz no, que quede claro desde ya, porque la felicidad, esa pequeña ramera, quién sabe qué es y dónde se venda. Acaso alguno se topó con ella al doblar una esquina, pero seguro que si le preguntamos si podría asegurar que no era un espejismo, seguro nos conteste que no.

De cualquier modo, al viejo profesor D. nunca le dio por perseguir quimeras: se casó a la edad que tenía que hacerlo con una mujer de la que estaba enamorado, tuvo un primogénito que heredara su nombre y una hija menor para entregar a un buen mozo luego de conducirla acompasadamente, vestida de blanco, por el pasillo hasta el altar nupcial. También compró una casa bonita con un jardín delantero en el que vivía un pastor alemán; un auto diferente cada dos o tres años se estacionaba al frente y los crisantemos que crecían en las jardineras en el límite de su banqueta aromaban su calle y le ahuyentaban los mosquitos. Una buena vida, sin duda, con apenas los suficientes apremios para surcarle el rostro de arrugas y con la constante alegría de tener tres veces al día el estómago lleno.

Luego de muchos partidos de fútbol y recitales de ballet, de coches prestados y chocados y algunas palabras de consuelo por un novio que se fue, los hijos del viejo profesor D. se fueron a vivir sus propias vidas, a comprar sus propias casas con sus respectivos jardines, perros, autos y crisantemos. Los hijos del viejo profesor D. algún día tendrán hijos también y éstos, a su vez, llegado el momento, se harán también de casas, perros, autos, crisantemos y nuevos hijos que, más tarde o más temprano, se encargarán de hacer girar el ciclo de la vida, una y otra y otra vez, como se ha hecho desde que el primer ser humano y la primer ser humana decidieron obedecer aquel mandato remoto venido del cielo: “creced y multiplicaos”.

La mujer del viejo profesor D., con el tiempo, envejeció y enfermó de un cáncer que la consumió en cosa de un par de años. Él la lloró y si bien no la olvidó, el recuerdo de su pérdida se fue haciendo menos doloroso con el tiempo… el tiempo, ese bálsamo todopoderoso que no cura las heridas, pero acostumbra a sus punzadas. El luto le duró lo que debía durarle, ni más ni menos, aunque algunas vecinas aficionadas al cotilleo opinaron que se deshizo de los trajes negros demasiado pronto.

Claro que sin hijos y sin mujer, la casa, el jardín, el perro, el auto y los crisantemos deslucían un poco y sin estar muy seguro de por qué, el viejo profesor D. se dio a la tarea de ir, poco a poco deshaciéndose de cada uno de ellos: vendió la casa, regaló el perro, heredó en vida el auto y trasplantó los crisantemos a unas macetitas que endosó a cada una de las vecinas chismosas del párrafo anterior con el pretexto de que “a mi mujer le hubiera gustado mucho que usted le cuidara las flores”.

Con apenas algunos trajes y suficientes camisas y corbatas para combinarlos de alguna manera diferente cada día, el viejo profesor D. rentó un cuartito cerca del colegio de humanidades en el que trabajaba y ahí se instaló decidido a vivir, tan satisfactoriamente como lo había hecho hasta entonces, los últimos años de su vida. Claro que muy bien podría vivir unos veinte años más (¡con la vida que ha tenido!), pero en todo caso, esos veinte años, sea como sea, serían los últimos. Más aún, sepan los lectores que, en realidad, al viejo profesor D. no le queda de vida tanto tiempo, es más, antes de que termine la mañana de mañana, antes de que termine este relato, morirá de amor. Pero qué sabe de eso este hombre, si luego del sueño fangoso en el que se ha sumido toda la noche, vuelve a abrir los ojos y parpadea al ritmo del bip-bip-bip de su reloj despertador.

ii.

¿Por qué un hombre como yo –se pregunta el viejo profesor D. desnudo frente al espejo, mientras se calienta el agua de la ducha- puede enamorarse así? Pero, ¿se puede llamar amor el que no se admite, el que no se declara y el que, claro está, no se corresponde? Y si no es amor, entonces, lo que siento, ¿qué es? No es tampoco el desenfreno de la lujuria que muy bien lo conocí en mi juventud, antes de casarme, cuando con los amigos de entonces íbamos de putas. ¡De putas, carajo! Mujeres, siempre mujeres y ahora… ahora él y nada más él. No puede no ser amor, pues.

En las mañanas –sigue pensando mientras se desayuna dos huevos tibio con limón- pienso que está bien, que es puro lo que siento y que si no fuera porque él se sienta frente a mí cada mañana, la vida no sería vida, sino un simple transcurrir descendente hasta el fin del camino. Pero por las noches veo la foto en la que me retrataron con mi esposa y mis hijos cuando eran chicos y me cuestiono cómo puede ser que este mismo cerebro que los amó hasta entonces, puede amar ahora así. Acostado en mi cama siento asco de mí mismo cuando me doy cuenta de que sin querer, me lo imagino recostado sobre mi pecho, exhausto luego del orgasmo.

Algo amenaza dentro de mí con romperse –reflexiona en el autobús camino al colegio-, como si el continuo de lo que fui y lo que soy estuviera estrechándose y adelgazándose, tirando cada uno en direcciones opuestas. Cada vez más siento que mi pasado no es mío, sino de alguien más que no soy yo, y que la vida que tuve no es mía sino de alguien que nunca fui. Es una locura, es que he leído demasiado y ahora las palabras se vuelven en mi contra. Más y más, más y más, más y más.

Si pudieras verte con los ojos que te miro –se dice, mientras abre el paraguas; el rocío devenido en llovizna, no ha escampado aún-, entenderías que no he visto belleza que compita con la tuya y no es que seas más alto que los demás o tengas un cuerpo mejor esculpido. Incluso hay otros con los ojos más claros o la piel más sedosa, pero junto a ti, para mí, no tienen más importancia que la que le da el monte al viento que la golpea. Más aún, si en este momento te volvieras el más feo entre los feos, para mí, seguirías siendo tú y tu belleza necesaria.

Podría decirte –y echa a andar el largo sendero arbolado hasta el edificio; e sol no ha madrugado el día de hoy- las palabras más hermosas que alguno haya vertido al oído de otro y hacerte el amor como en un poema, más y más, más y más… ¡Qué cosas se me ocurren! Ya no distingo entre lo grotesco y lo voluptuoso, sus límites se me desdibujan. Papeles, papeles, papeles, cientos de ellos escritos con tu nombre al derecho y al revés, bocetos en tinta de tu cuello y tus axilas, acrósticos de tu nombre, sonetos a medio rimar, retazos de cartas que no leerás.

No entiendo cómo puede el otro ignorar que es la alegría de de uno, ¿cómo vas caminando por la calle así tan campante cuando de tu boca pende mi vida? Quiéreme, por favor, quiéreme, no puedo pedirlo de otro modo, quiéreme, no tengo más clamor que darle a los vientos, quiéreme, aunque sea poco o casi nada, pero no dejes de hacerlo que yo no desistiré… más y más… ¿qué abandono es este?, ¡no me gusta esto!

Roto en dos partes, me miro, y no soy ni habito la sección de la izquierda o la de la derecha, soy la grieta, la hendidura, le escisión, el fallo, el espacio vacío, el hueco en el rompecabezas que sólo se llena con la pieza de tu sonrisa. A esto me he reducido por ti, en esto quedaron mis cenizas. Me encuentren muerto, partido por un rayo o fulminado de veneno, antes de faltar a mi promesa: prometo no dejar de quererte, no dejar de quererte prometo.

Hoy mi boca, a más tardar mediodía, te hablará, como dice la escritura, de lo que el corazón está lleno.

iii.

Adviertan los lectores quisquillosos (de esos que se creen más inteligentes mientras menos les guste lo que leen) que esta historia no es sobre un viejo que ama imposiblemente a un joven. Muchos cuentos como esos llenan de tinta las páginas de los libros que hemos leído, como especie, desde el principio de los principios. En el fondo de las cosas, todos hemos sido viejos y hemos amado a un joven, aunque tengamos menos años que el objeto de nuestro afecto; del mismo modo hemos sido jóvenes y hemos mal correspondido el amor de alguien mayor que nosotros ¡¿y por qué?! Pues porque la vida es un juego de cobrar y pagar, igual que la peor de las putas, igual que el más patético de sus clientes. Así es esta rueda de la fortuna a la que llamamos mundo: una intermitencia entre carne y diablo. Como se prometió al principio, el viejo profesor D. morirá de amor dentro de poco, y no porque lo deba de hacer en un arrebato de éxtasis poético, sino porque, como dice el dicho, no hay plazo que no se cumpla y la deuda del viejo profesor D. ya no puede estirarse más.

Va el viejo profesor D. lleno de esperanzas dando saltitos para no pisar los charcos que ha dejado la lluvia. Al fin ha reunido valor suficiente para declarar su amor. El universo parece estar de acuerdo, no se cruza por el camino un perro ladrador, ni en el cielo graznan los cuervos del malagüero, la gente de las banquetas no tropieza con el viejo profesor D. y todo el mundo lo saluda con la mano, el estudiante que cada mañana se sienta hasta el frente en el salón de clases ya está en su lugar y, para decirlo de una vez por todas, no hace falta nada más que lo que hace falta. La puerta se abre con estrépito y por ella entra el viejo profesor D. y no es sino hasta que mira a su amor a los ojos, al estudiante de sus insomnios, que el corazón que durante setenta años ha latido siempre constante, se le derrite dentro del pecho y no, no es una manera de decir, literalmente, derretido dentro del pecho. Los buenos días que uno y otro estaban por darse se rompieron en la garganta cuando el cuerpo del viejo profesor D. se desplomó sobre los pupitres vacíos.

Morir de amor no es morir de muerte. Peor que eso, morir de amor es re-morirse. Corrió el pobre muchacho (al que este cuento no ha prestado atención mayor) a levantar al vejete desvanecido, dio voces de auxilio, vinieron todos los de las aulas contiguas, llegaron ambulancias, paramédicos y camillas.

- ¿A quién avisamos? –preguntó uno-.

- Que yo sepa ya no tiene familia –contesto otro-.

- Revísenle la billetera –sugirió una tercera, y el primero la tomó del bolsillo interior del saco del viejo profesor D.-.

- No tiene nada, no tiene nada. Está vacía.

No hace falta decir que el viejo profesor D. no llegó vivo al hospital y que su autopsia sorprendió en mucho a los médicos forenses. Tiene el corazón derretido, se decían una y otra vez, tiene el corazón derretido.

- Es un tipo de hongo africano que corroe el tejido cardiaco -dictaminaron unos y rápidamente se comunicaron al ministerio de salud para demandar que el gobierno se quejara oficialmente con el África a causa del descuido con el que se permitían exportar pandemias ilegales.

- Nada de eso –propusieron otros- a este hombre lo han asesinado con un veneno terrible que se activa con el sístole y el diástole –y más rápidamente aún se comunicaron con el departamento de detectives de la policía para demandar que se encargaran de las investigaciones al respecto pues de seguro un agente del narcotráfico había decidió así poner en riesgo la seguridad del cuerpo social.

- De ningún modo –se alarmó una minoría compuesta por una pasante de medicina, un oficial de intendencia y una cocinera (hasta esos rincones, tan alejados de la ciencia, llegó el debate sobre la muerte del viejo profesor D.)- ese hombre murió de amor.

- ¿Cómo es eso posible? –se indignaron todos los sabios de las batas blancas y los estetoscopios de plata, pero no alcanzaron a escuchar la respuesta. Antes de que los defensores de esta última teoría pudieran argumentar cualquier cosa, sus detractores volaron hasta la oficina del director del hospital y una vez allí, exigieron la destitución de la pasante, el conserje y la cocinera por sostener en público tales disparates- Nunca hemos sabido de otra muerte de amor, ni hemos extirpado corazones rotos, ni operado corazones petrificados de amargura y definitivamente no conoces el caso de alguna despiadada madrastra que de plano no tenga corazón.

El resto de la historia en la que acabaron enredados los miembros del personal del hospital es harina de otro costal y no viene al caso contarla ya. El caso fue que la plasta sanguinolenta que quedó del corazón del viejo profesor D. fue metida en una bolsa sellada y luego de ir de un laboratorio de análisis a otro, fue lanzada a un contenedor de desperdicios el mismo día en que el ángel de dios bajó con la misión de llevarse los objetos más hermosos de la ciudad.

Qué criterio más curioso el de este ángel -dirán los entendidos hayan leído la historia del viejo profesor D.- que prefirió llevarse al cielo pájaros muertos y desperdicios de plomo. ¿A qué cielo irán, al final del día, los corazones que se mueren, que se re-mueren de amor, a dónde los que nunca dijeron cuánto amaban, a dónde los que una sola caricia hubiera...? En fin...