jueves, 29 de enero de 2009

Postal de Guerra


¿Qué sabe ella de naciones? Nada, como nada sabemos nosotros que nunca hemos sido soldados en mil novecientos sesenta y ocho, esperando a que la muerte llegue de parte de un comando de vietnamitas escondidos tras los bambús con el agua pantanosa hasta la cintura, tampoco hemos sido mujeres afganas bajo una lluvia norteamericana de fuego y plomo, una lluvia que no escampará hasta salvarnos de la opresión talibán o matarnos en el intento, ni siquiera hemos sido propietarios de pequeños comercios en Tel Aviv que ven volar sus tiendas en pedazos, y con ella todo su patrimonio al explotar un coche bomba en la acera de enfrente. No somos nada de eso, no sabemos nada de naciones, sin embargo ahí está la guerra, con su feo rostro asomando las narices por la ventana, constante, como una ola de pez hirviendo que cae de repente sobre las personas y sus casas, las quema, las hace arder hasta las cenizas, hasta que los huesos no se puedan llamar más huesos sino polvo, polvo negro que luego el viento dispersará. Pronto no se podrá creer que alguna vez estuvo aquí la aldea. Será hasta dentro de muchos años que ella volverá a estas tierras que fueron fértiles, las encontrará yermas y dirá: “esta era mi aldea, aquí estaba mi calle y más acá se alzaba mi casa, no era una casa grande, apenas un cuarto donde se tendían las esteras una junto a otra, pero era mía y me la quitaron”. Así dirá, pero no pronto, lo dirá cuando sea muy viejita y pueda al fin volver al lugar en el que nació, ahora es una niña, ahora corre de la mano de su madre.

La casa ha quedado atrás, lejos, despareció hace un rato, se disolvió en una hermosa explosión de luz, una luz blanca en la que se contienen todos los colores, todas las luces. Sólo nosotros pensamos que es hermosa porque la vemos de lejos, detrás de las letras, escondidos en la seguridad de nuestra cotidianidad, amilanados en nuestro sillón, reconfortados por nuestro café humeante. ¿Qué es para nosotros la guerra sino cinco o seis cabezas decapitadas diariamente y dejadas en hieleras, envueltas para regalo, como una canasta con un niño huérfano que es dejado a la puerta de la casa?, ¿qué es para nosotros la guerra sino un vecino secuestrado por narcotraficantes, un hermano asaltado por quienes fueron asaltados antes por la miseria, un padre lanzado al desempleo, un sobrino asesinado por militares?, ¿qué es para nosotros la guerra si nos sentamos a mirar por la televisión el fuego sobre Iraq como si mirásemos las luces artificiales del año nuevo? Sólo por eso, porque la guerra es cualquier cosa para nosotros, porque la guerra es sólo un número en los encabezados de los periódicos, antier cien muertos, ayer doscientos, hoy trescientos, mañana cuatrocientos, pasado mañana quinientos y luego quién sabe, sólo por eso nos atrevemos a decir que esa luz es una luz hermosa, pero para ella no es hermosa, es la muerte, y no una muerte santa o como se dice otras veces, una buena muerte, es decir la que se alcanza luego de una larga vida bien vivida, en la comodidad de un colchón, con las personas amadas alrededor y los necesarios auxilios espirituales a la mano. Nada de eso. Ésta es una muerte de muerte, es decir, de miedo, una muerte que llega sin avisar, rompiendo los cristales, derrumbando los adobes, cortando la noche. Ella y su madre corren, sí, pero nadie las persigue, corren por correr, por escapar de un enemigo que está en todos lados, corren chapoteando en las aguas negras que se derraman por el camino, manando su pestilencia a través de los drenajes rotos y las ruinas. No se dan cuenta, están demasiado asustadas, que correr es tan peligroso como quedarse quieto, los misiles caen del cielo como granizo, indiscriminadamente, golpeándolo todo.

¿El padre? Quién sabe. Tal vez también esté muerto, como cientos de soldados de la resistencia, o se haya escondido en la intrincada orografía palestina. Pero esto es sólo suponer, también puede ser que haya caído preso de las tropas israelís. En ese caso, seguramente lo estarán torturando en una de esas cárceles clandestinas que nunca faltan en estos ambiente bélicos. Puede ser que le hayan metido por la uretra un alambre conectado a la electricidad, o por el ano un garfio de hierro al rojo vivo, o le hayan hecho vomitar y luego comer su propio vómito, etcétera, que para estas cosas no hay imaginación que alcance: “¡Dónde están tus compañeros, perro árabe!”.

Claro, esto a ella no le pasa por la cabeza, es demasiado chica. Estos son los miedos de la madre, o más bien, uno de sus miedos. También teme por sí misma, le tiene miedo a la lujuria de los soldados, a sus penes circuncisos enterándole en la vagina, descargando dentro de ella o en su boca los ayunos sexuales de la campaña hasta asfixiarla, hasta reventarla como una yegua que ha corrido de más. Por sobre todas las cosas, teme por la niña. Y la niña teme, pero no por alguien en especial, ni siquiera por ella, teme porque tiene miedo. A los doce años el miedo es miedo, así sin más, miedo blanco, un miedo que contiene todos los miedos.

Primero ese silbido agudo, ese choque contra el aire que anticipa que algo va a caer, luego el estruendo, el brillo ciego, el aroma de la carne quemada, el de la sangre al sublimarse y al final el silencio. No corren más. Ahora la madre está muerta, no faltaba más, está muerta entre otros muertos y montones de zapatos. ¿Por qué será que cuando la gente muere en medio de la violencia, ya sea cuando se estrella el tren, se cae el avión o se va el auto por el barranco, lo primero que pierde es los zapatos? Quién sabe, pero el caso es que así como se sabe el fuego por las señales que da el humo, se sabe el desastre por el montón de zapatos desperdigados por todos lados.

Salió como pudo de debajo de los cuerpos o pedazos de cuerpos, retazos, que a propósito o sin querer le hicieron de escudo protector, abriéndose paso entre los pliegues de la burka. Evita volver la vista atrás, ya luego habrá tiempo para pensar en los muertos, quizás. ¿Correr? ¿A dónde? Nadie hay alrededor. Nadie vivo, mejor dicho y ya que entramos en precisiones, sería justo decir que en el sentido figurativo de las cosas, tampoco hay alrededor. Por aquí ha pasado el cegador y cortó las espigas de un tajo, vino y se fue, pasándola a ella de largo. Ahí la tenemos, la cabeza envuelta en la kufiyya, o pañuelo palestino, roja sobre fondo blanco. Fue un regalo del padre, “una prenda de un alto contenido político” dirán los profesores de antropología o de economía política en nuestras universidades, pero para ella es solamente su refugio, su talismán. Ahí la tenemos, inmóvil, como si perdiera el tiempo, pero nosotros sabemos que eso no es posible, aquí el tiempo ha dejado de correr pues no tiene a donde ir, están acorralados en la nada, ella y el tiempo. El sol ha desaparecido a través del humo de forma tal que es imposible que se diga “es de mañana” o “es la noche”. La oscuridad lo cubre todo, pero sintió hambre y supo que ya era la tarde. Deambuló sin esperanza entre los cuerpos buscando cualquier cosa que se pudiera comer. No encontró nada más que pequeñas matas verdes, diminutas plantitas que pese a todo, insisten en emerger de la tierra. Qué increíble que la vida encuentre un camino, a pesar de los pesares. Poco a poco, conforme el tiempo se fue recuperando del susto y encontró fuerzas para volver a andar, la arena se asentó de nuevo sobre el suelo dispersando la opacidad. Entonces alguien la vio a lo lejos, un muchacho, un ángel salvador. No lo pensó demasiado, corrió hacia ella con el alma saliéndose de la boca. Será que no sabemos lo que es un héroe hasta que no salvamos en un arrebato de narcisismo el pellejo de alguien que, según nosotros, no puede salvarse sólo. Cuántas sorpresas nos llevaríamos si descubriéramos que en realidad esos a los que salvamos no necesitan un héroe, sino que al contrario, quienes piden salvadores y mesías y rayos de esperanza a gritos somos nosotros. Aparece el líder, entonces, y nos dice estos somos nosotros y éste es el enemigo y aquí hacemos la guerra, patria o muerte, que se rinda su abuela, carajo. Luego no nos hagamos los sorprendidos cuando preguntemos cuándo se instaló el odio entre nosotros. Pero el muchacho no piensa esto, no le dio tiempo, él corre hacia ella con todas sus fuerzas, pisando descalzo la arena caliente que le quema los pies, que le corta las plantas, que le rompe las uñas. Hasta que el muchacho la cargó entre sus brazos, fue que ella rompió en llanto, un llanto blanco, un llanto que contiene todos los llantos del mundo. Ahora corren a los montes, ella en los brazos de él. Ignoramos y en lo sucesivo ignoraremos qué hacía el muchacho por ahí a esas horas, luego de los ataques, no despejaremos la duda de si es también él un sobreviviente o si vino a buscar a un amigo o familiar entre los cadáveres o si nada más estaba por acá de paso y vino a ver qué tesoro robaba a los muertos, un diente de oro, una sortija engastada, un chal de seda, que en la guerra todo se vale y nadie vería mal, viendo las cosas como están, hacer leña del árbol caído, sobre todo si esa leña va a ser útil para calentar la casa. Haya sido como haya sido, el muchacho no vuelve con las manos vacías, las lleva llenas de las maños de ella.

- La encontré.

- Es tuya, entonces.

Van de la mano ella y el muchacho, el uno para el otro, a esconderse en las montañas junto con los demás, ahora él es responsable de su vida, qué se puede hacer si así quiso Alá, el dios que todo lo puede. Hacen de una cueva que les sale al paso, refugio, y dentro de ella, en la soledad, en la intimidad, se viene de nuevo el llanto, esta vez, el de ambos, la segunda vez para ella, la primera para él, no hay mayor humildad, mayor muestra de confianza que la que se da cuando uno llora enfrente de otro, más aún si el uno es hombre y el otro, mujer, lo decimos por eso de que los hombres cuando son muy hombres no lloran. Casi no harían falta los ritos matrimoniales, ni civiles ni religiosos, si un hombre llorara frente a su mujer y ella frente a él y se dijeran: “Ya me conoces desnuda el alma, es tuya y la tuya es mía y basta”. No volverán a llorar en su vida, de ahora en adelante no son más unos críos, según lo que hemos dicho y lo que ellos creen en su corazón, aunque no lo sepan, son un hombre y su mujer viviendo bajo el mismo techo, dándose consuelo alrededor de la mortecina iluminación que hace danzar las sombras en las paredes de la cueva, que da un incipiente pero reconfortante calor, que titila desde la exigua llama de la lamparita de aceite.

- No lo miremos mucho a los ojos –se dice a sí misma como si le hablara a otra, como si ella fuera dos personas- puede quemarnos con su mirada. Shaytan, el pavorreal blanco, el guardián. Es él.

- ¿Qué murmuras? Dime lo que dices.

- ¿Eres el ángel de Dios?

- ¿Quién te dio la kufiyya? ¿Es tuya o la tomaste de alguien más? Contéstame, no tengas miedo. Mira, tengo una idéntica, ¿ves? Roja con fondo blanco. Estamos en una guerra, ¿entiendes? ¿Dónde está tu familia? Contéstame, insolente. Mírame a los ojos cuando te hablo. ¿No me dices nada? ¿Así me pagas, hija de puta? No, no te asustes. No quise gritarte. Es que tengo miedo. Tengo que irme.

El muchacho, que más que muchacho se porta como todo un hombrecito, muy a la altura de las circunstancias, se fue y regresó, fue y regresó varias veces durante los siguientes días y cada vez que volvía lo hacía con un poco de pan y agua para ir pasando el hambre, ya se ve que está aterrado como todo chico de dieciocho años que es obligado por las cosas del mundo a hacerse hombre de pronto, pero en el fondo no es tan malo, al menos es proveedor. Ella por su parte no le hablaba mucho y lo miraba menos, le temía, como buena mujer, como aprendió, y no obstante le servía en lo que podía, hizo una escoba con ramas y barrió la cueva y cuando era de noche y veía que el muchacho tiritaba de frío, lo abrazaba, al principio con pudor, después con mayor soltura hasta que al final dormir abrazados se fue haciendo costumbre, un poco menos por el clima, un poco más por esos sentimientos que van naciendo entre dos desconocidos que tienen necesidad de amar. Ése es el inicio de todas las parejas del mundo.

- Melek Taus –se decía a sí misma, como si ella fuera dos personas- así lo llamaba mi abuela, nuestro ángel. Lo amamos y él nos ama. No es cosa nuestra, de la raza de Adán, cuestionar sus procedimientos.

A los dos o tres días se enamoraron, pero no como nos enamoramos nosotros. Se enamoraron como se enamoran la podredumbre y los gusanos, como se enamora la piel de los huesos cuando se desprenden el uno del otro. Así pasaron los días y cada uno de ellos ella se arrodillaba y oraba: “Señor, ciertamente Tú no traiciones tu Palabra”. ¿Alguien sabe qué significa esto, a qué palabra empeñada se refiere y en qué consiste el contrato entre ella y Dios cuyo cumplimiento así se reclama? Seguro sólo ella entiende lo que dice y sabe por qué lo dice. Pues bien, que nos lo diga o que no ore en voz alta cuando la miramos para que no nos quedemos con la duda. Al muchacho nunca lo vio orar, pero eso no era sorpresa, ya sabía que el ángel de Dios no se humilla. Por lo demás, el pasaba mucho tiempo fuera de la cueva, atendiendo los asuntos del mundo.

Una noche el muchacho llegó agotado. Venía cargando un jarrón de buen tamaño, repleto de agua. Lo puso en el suelo con cuidado para no quebrarlo, vació la alforja y desparramó cuidadosamente sobre el suelo varias piezas de pan ácimo, higos secos y hojas de parra.

- Mañana me voy a la lucha.

- ¿Es la lucha lo que suena? –preguntó ella. Ambos aguzaron el oído. Se escuchaban las explosiones, el galopar de las metrallas, los gritos, cada vez más cerca, ahí viene la guerra a encontrarnos como diciendo “puedes correr pero no esconderte”.

- Ahí tienes comida suficiente. Tal vez tarde en regresar.

- La paz sea contigo.

Comieron en silencio, primero él, luego ella, según las tradiciones. Cuando terminaron apagaron la lamparita de aceite ya noche devoró la cueva. Olvidó el chico conseguir aceite de repuesto para la lámpara, ni remedio, se acabará la luz a más tardar mañana, ojalá no le vaya a ser a ella demasiado necesaria. Permanecieron en silencio, sentados uno frente al otro, en el ombligo de la penumbra, mirándose fijamente a los ojos, traspasando con la luz de sus miradas la pared de las tinieblas y su espesa negrura. Muy cerca se escuchaba cantar el llamado a los rezos de la noche: “Alá es más grande, Alá es el más grande.” El muchacho la atrajo hacia su cuerpo.

Ahora consumarán su amor, como dice el eufemismo. Él es para ella un dios, adentro de la cueva están los cuerpos, afuera la oración, Declaro que no hay más dios que Alá. Ella siente su aliento y lo huele como perfume, como incienso, mira sus ojos y encuentra destellos de relámpagos y rugidos de truenos. Es una fantasía, claro, pero en verdad hay fulgores dentro de la cueva que iluminan las paredes de piedra un segundo y luego no. ¿Qué son? Las explosiones que se acercan, ya lo sabíamos, no importa que ahí venga la guerra, la oración no se detiene, Declaro que Muhammad es el enviado de Dios, venid a la oración. Ella siente su cuerpo desnudo y él el de ella. El cuerpo de él es de un azul encendido, como la base de la flama y sus cuatro brazos están adornados con tatuajes de serpientes, su cabello negro también se risa como los nidos llenos de culebras de agua y de su espalda nacen dos alas enormes, con plumas blancas y tornasoladas, su vientre no tiene ombligo, sino estrellas, estrellas que devoran otras estrellas. Tal vez sea mejor este ensueño que la realidad, lo cierto es que no hay ángel, sino un chico que apura las cosas lo más que puede porque ya se acerca la hora de tomar las armas y unir las voces, Venid, venid al triunfo, no quiere morir virgen. Aquí adentro gemidos, allá afuera el mismo silbido agudo, ese mismo choque contra el aire que anticipa que algo va a caer, luego el mismo estruendo, el mismo brillo ciego, el mismo aroma de la misma carne quemada, el de la misma sangre al sublimarse y al final el mismo silencio, las mismas explosiones, el mismo galopar de las metrallas, los mismo gritos: “¡Alá es el más grande!, ¡Alá es el más grande!”

Apenas puso su simiente en ella, el muchacho se separó ahogando el gemido de placer en la garganta, como una mariposa prendida en un alfiler. Se vistió muy apresuradamente y se fue sin despedirse: “Dásela cuando nazca y dile de quién era”, dijo él refiriéndose a su kufiyya que se había quedado en el suelo. Fue todo: “¡Sólo Alá es vencedor!”, grito al desaparecer. Ella se puso de pie un segundo después. La guerra había alcanzado las montañas al fin, hubo que ir a la lucha antes de lo previsto, no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy, más aún si no queda otro remedio. Se vistió, recogió la kufiyya y se amarró la suya alrededor de la cabeza y se escondió entre las piedras lo mejor que pudo.

Espero largas horas y después todo se fue calmando.

Afuera la muerte escondía sus víctimas entre las matas, dentro de las barrancas, en medio de los charcos de sangre. Y ahí está de nuevo ella, de pie ante la nada, una vez más por aquí ha pasado el cegador y cortó las espigas de un tajo, vino y se fue, pasándola a ella de largo.

Será hasta dentro de muchos años que ella volverá a estas montañas de la mano de su hijo mayor, a estos bosques frondosos de cadáveres tibios, los encontrará reverdecidos y dirá: “aquí fuiste concebido, aquí fuiste hecho hijo de un ángel, aquí me dio la kufiyya roja con fondo blanco que lo confirma, por aquí pasó la guerra, por aquí volverá a pasar.” Así dirá, pero no pronto, lo dirá cuando sea muy viejita y pueda al fin volver al lugar en el que se enamoró del muchacho, ahora es una niña, ahora corre de con la mano en el vientre, como una madre, llena de miedos. ¿Qué sabrá su hijo de naciones? Nada, como nada sabe ella y como nada sabemos nosotros. Sin embargo ahí está la guerra, con su feo rostro asomando las narices por la ventana, la guerra blanca, la guerra que contiene todas las guerras: la guerra contra el terrorismo, la guerra contra el narcotráfico, la guerra santa, la guerra mundial, la guerra de los mundos, la guerra de las galaxias, la guerra sucia, la fría, la civil, la de los pasteles, la de los botones, la de las rosas, la de los cien años, la de la conquista, la de la independencia, la de la revolución, la guerra de guerrillas, la guerra de los sexos, la guerra florida, la guerra que viene, la guerra que se fue, la guerra que somos, la guerra, tan humana como la peste, el hambre o la muerte, Señor, ciertamente Tú no traiciones tu Palabra.

11 comentarios:

Champy dijo...

Ya vine y te imprimpí.
Mañana regreso.
2046 Besos.

FASTFOOD DOS MANOS dijo...

¡Cuánto tiempo sin saber de ti! ¿Dónde estabas, "mala persona"? Espero que tu ausencia de la red se haya debido a cosas buenas...

Y vuelves a lo grande, con una historia de las que rompen el corazón...

Te echaba de menos...

Muchos besos...

Champy dijo...

Cuantas, de que magnitud serán las huellas, las yagas que deja una guerra?

Estas heridas no sanan, es imposible. No es lo mismo ver la sangre en el canal de las estrellas ó en cine o en tu baño que alrededor de ti y de tu vida, ese olor jamás se logra borrar de la mente, y por lo general esas mentes se pierden, no vuelven a brillar, o no como debiera haber sido.....

En Indianapolis tuve un amigo, que lucho en la Guerra del Golfo, y era trstisimo su estado, lo más terrible para mi era mi incapacidad para proporcionarle ayuda, vivía sumido en miles de vicios, no como Capote, no, él para evadir la culpa, culpa que lo consumía.

Historias como la tuya, son muy bellas (literariamente hablando) mientras soñamos que son ficción.

Eres un jijo de la chingada por alejarte tanto.

Quiero ver tu texto sobre mi orata favorita.

2046.

---___--- dijo...

me has dejado sin palabras. Veras, llegue a tu blog de casualidad y pase la vista sin mayor interes, ya iba a cerrar la ventan cuando tu relato de la matanza de tlatelolco me dejo helado. Joder! si lo has escrito tu tienes muy buena narrativa. debo admitir que me ha conmocionado


saludos que todo este bien !

Iván dijo...

Oye, las postales son chiquitas y tu te aventaste un tratado. Te leeré con calma y diré algo más intereante que esto, creo.

Abrazo pues.

Dídac at dídac dijo...

vaya, y para cuando el libro eeeh?
lo estoy esperando con ancias... impresionante la narracion, como siempre caray!, me da gusto vovlerlo a leer!.. saludos! :-)

20Th Century Boy dijo...

Aplausos gloriosos aplausos.....de pie cabrones.

Pável dijo...

Yo te espero con ancias, porque las ancias son primas de las encías y las encias sostienen estos dientes que se han hundido en tu cuello en momentos claves de tu vida y de la mía.

Yo te espero impasiente, porque el impasiente se parece al impasible, al que con ojos de gavilán y patas de león enjaulado, espera noticias de un Diego que colecciona corazones como si fueran estampitas.

El impasible se parece al imposible, el imposible al impensable, el impensable al impecable, el impecable al implacable y el implacable a mi corazón, que late tras la colita de Rexio y que sueña con el nacimiento de Salomón.

---___--- dijo...

Gracias por las letras sobre los sueñor que dejaste en mi blog, me han gustado, refleja el complejo de edipo de una forma curiosa.
Termine de leer tu historia sobre la situacion en palestina. Vaya si que sabes manejar la situacion sin caer en lo mismo que todos mencionan sobre el asunto. Es un gusto encontrar cosas inteligentes entre los bloggeros


saludos!:)

The Nuclear Messiah dijo...

LA GUERRAES ALGO HORRIBLE.
LO HORRBLE ES ALGO ESTETICO.

Vanto y Vanchi dijo...

Querido:

Anoche Gerardo y yo te extrañamos horrores.

Estuvimos hasta las tantas de la madrugada en El Taller, sorbiendo vodka tonics y cerveza de barril, quejándonos de todos los putos globitos rojos con leyendas de "Te Quiero" y "Eres lo mejor de mi vida".

Nos acordamos de ti, y volvimos a leer hasta que Gerardo dignó en contarme lo de Marco.

Entonces, yo terminé con un gringuito lindísimo que, al final, se me escapó por ebrio, y Gerardo con otro gringo quien me odió por evitar que se llevara a Gerardo a quién-sabe-qué hotel de mala muerte. Gerardo lo mando a la chingada con todo y que le ofreció lana.

(Suspiro)

Luego Gerardo y yo sorbimos más alcohol.

Hasta que llegaron otros Talleristas y el mundo se puso de color rosa.

Y más alcohol.

Y luego la acupuntura de Gerardo.

Y los strippers con "aquello" colgando.

Y la esquina oscura.

Y los pinches globitos y las rosas rojas y los besos de amor.

Y luego Bernardo coqueteándole a Gerardo.

¿Dónde chingado te metes, caray? ¡ja!

Hablamos pronto.