sábado, 1 de agosto de 2009

El emancipador poder de la pizza


Para los italianos asistir a la pizzería es el punto culminante de una tradicional comilona. Y es que comer resulta, quizá, lo que mejor se puede hacer en Italia. Los amigos universitarios son especialistas en ofrecer a los estudiantes extranjeros, para presumir de su cultura gastronómica, vastas mesas que empiezan con pan, queso parmesano y jamón serrano; que llegan a su apogeo con una pasta putanesca, por ejemplo, y sendas garrafas de vino tinto; y que se desenlazan en un gran finalle de café expreso, una rebanada de pastel tiramisú y, dependiendo de la capacidad alcohólica de cada comensal, uno o dos o tres vasitos de grappa como digestivo.

Si los anfitriones son buenos, para ese punto uno debe estar con la comida hasta hasta la garganta y felizmente medio borracho. En general los italianos son buenos conversadores y sus charlas, llenas de risotadas y sonoros mamamías le conducen a uno, si todo ha salido a pedir de boca, a un estado de campechana modorra. En este punto de satisfacción total cercana al éxtasis, es que alguno se excede y propone como si quisiera involucrar a los demás en un pecado morboso: “Facciamo la pizza insieme?”

La pizza, por tanto, tiene una naturaleza de travesura. Como niños que van al sótano sin permiso, se escabullen los convidados a la mesa italiana por las callejuelas de sus ciudades hasta il ristorante y se atarragan al punto de la indigestión de esa pasta crujiente que rebosa queso gratinado sobre una cama de salsa de tomate especiada. Invariablemente la pizza combina el aroma de su albahaca con el de la pequeña diablura, la moza trasgresión.

Y del mismo modo en que Marco Polo, según cuentan, llevó los espaguetis de la China a la península itálica durante el renacimiento, en épocas más recientes, los italianos que perseguían el american dream llevaron el arte de la pizza a Norteamérica: la pasta, según parece, gusta de peregrinar. Así como la emigrante cosa nostra se americanizó definitivamente con Marlon Brando haciendo The Godfather, la pizza obtuvo su ID estadounidense en las oficinas de franquicias que hoy conocemos, esto es, Domino’s, Benedetti’s, Pizza Hut, por mencionar sólo las más populares. La pizza original que no contiene demasiado ingredientes, se hizo pastiche y pasó de ser de únicamente queso, a queso con salami, luego a una colección de carnes frías y así progresivamente hasta que, gracias a su adaptabilidad respecto de los gustos locales, en estas tierras y en los tiempos que corren, se hacen pizzas de cochinita pibil o de carne al pastor. Por cierto, no es endémica de Hawaii la pizza hawaiana, sino de Chicago. La cosa es que los gringos pensaron que la piña era un ingrediente suficientemente exótico como para bailar el hula con ella.

Como sea, el monstruo de la globalización se encargó de universalizar esta versión fast food de la pizza. Las Tortugas Ninjas, los personajes de esa caricatura noventera que mis estudiantes de preparatoria no conocen ni por error, simplemente no podían vivir sin devorarla constantemente y muchos de nosotros, tampoco. Hay algo interesante en esto. Nuestra posmodernidad tiene uno de sus ejes en la cultura de lo light que al mismo tiempo sostiene dos acepciones que en el caso de la pizza son contradictorias, a saber, lo sencillo y también lo dietético. Pedir una pizza a domicilio por teléfono resulta muy sencillo, pero sin lugar a dudas muy malo si uno hizo el propósito de año nuevo de reducir la cantidad de carbohidratos que se mete por la boca. De esta contraposición emerge, de nuevo, el emancipador poder de la pizza. Me explico enseguida.

Para un mundo en el que la delgadez es un valor supremo, decir “¿pedimos una pizza?” es una incitación al mal. Del mismo modo, de vez en cuando, las amas de casa, hartas de hervir frijoles en la cocina, deciden no hacer de comer y hacen de la pizza un estandarte de su fugaz rebeldía. Las parejas enamoradas creen que es de lo más romántico echar la hueva en un sillón, ver una película en la televisión y comer una pizza y no hay mejor complemento para un juego de futbol que pizza y cerveza. Una fiesta infantil es mucho más nice si en lugar de servir las proletarias hojaldras con mole que hizo la abuelita, se mandan a pedir unas sofisticadas mega pizzas de un metro cuadrado y no hay mejor desvelada de compañeros resolviendo una tarea de licenciatura que la que se hace bajo el cobijo goloso de la pizza y mucho café bien cargado.

Como sea, la pizza, combinando sus dos cualidades, la de trasgresión a la prohibición calórica y la del mínimo esfuerzo de preparación, conserva lo que venimos diciendo desde el principio: su espíritu de desorden gozoso. ¡Y también de derroche! Una pizza, por barata, cuesta unos buenos doscientos pesos que, para muchos mexicanos –me incluyo-, gastarlos en la frivolidad de la comida rápida, es motivo de razonables dudas. Además, la pizza convoca al compañerismo y la solidaridad. Entre mis vecinos, por decir algo, resulta espantosamente ofensivo que uno pida una pizza y no le comparta a los otros. La represalia más común es hacerle la ley del hielo al envidioso por semanas enteras.

La pizza es, así pues, el alimento preferido de muchos. No sólo por sabrosa, sino porque, dados los contextos en los que se materializa, la pizza se hace presente en los momentos más felices que guarda la memoria. Un amigo de la infancia -lo comento a guisa de botón de muestra- recuerda que su madre soltera, obligada a trabajar dos turnos, no tenía tiempo de preparar la comida. Entonces hizo un trato con la pizzería para que diariamente llevaran al chico una pizza de diferentes ingredientes cada vez, procurando alternar el pollo con los mariscos y la carne roja además de adicionar cada una con una ración doble de vegetales. A pesar de las buenas intenciones, la verdad es que la costumbre de hacer de la pizza el alimento básico de mi amigo no era muy sana. Tan no lo era que hoy en día ahorra para su liposucción. Pero lo cierto es que esas pizzas, por bizarro que parezca, representaban el sólido vínculo que unía a madre e hijo ante la adversidad del abandono paterno. En este caso la pizza no sólo emancipa, sino que libera de la soledad y el miedo, aunque suene ridículo decirlo.

Habría más en qué abundar, como la diferencia entre la pizza común y corriente que comemos los mortales y la gourmet que se hace al horno y con queso de cabra, porque, como dice el refrán, hasta entre los perros hay razas, pero por ahora con lo dicho hasta aquí es suficiente. Lo importante es, en todo caso, que ha quedado claro que la pizza es un componente materialmente importante de nuestras viditas urbanas y de mid-class, y a pesar de su cursilería melodramática, de vez en cuando, comer una pizza hace bien al corazón. Personalmente lo he descubierto recientemente cuando mi amor, a medio remolino de pasión, se detuvo en seco a mirar el reloj y viendo que aún era hora, me preguntó seductoramente con su cara pilluela y en voz baja como para que nadie lo oyera: "¿pedimos una pizza?". No hay manera de no ser feliz con una propuesta así de indecorosa.

Hoy por la mañana, aún impulsado por el alma desobediente, en lugar de recoger el ajonjolí regado sobre las sábanas, escribí este post para celebrar, además, que anoche luego de la pizza me arrodillé como un caballero y le pedí a mi novio que se casara conmigo. Aceptó, siempre y cuando jurara muchas más noches de pizzas risueñas.

5 comentarios:

Emilio dijo...

Bendita pizza. No conozco a nadie que no le guste: el único universal antropológico.

Pável dijo...

Toda la historia de la pizza sólo era una justificación para jactarte de que ya no eres más un solterón.

Jajaja, no cherto :D.

Raulillo, Raulillo, el lenguaje, el lenguaje.

Eso de la moza trasgresión. ¿No que no te gustaba la moda? Te encanta estrenar palabras que ya son válidas. De seguro también amas escribir sicología. Y oscuro.

A propósito de veleidades de la lengua (del idioma, pues), ¿a ti nunca te ha hecho ruido el asunto del adjetivo "envidioso"? A mí sí. Por ejemplo, en tu texto escribes: "La represalia más común es hacerle la ley del hielo al envidioso por semanas enteras."

Changos. ¿Aquí quién es el envidioso? ¿El que siente envidia por que no le tocó pizza, o el mezquino que no le quiso convidar? En todo caso, el tacaño miserable vendría siendo un "egoísta", antes que "envidioso", no?

Me pasa con pena y vergüenza también, pero esa es otra historia (Nana Goya dixit).

Acá la sabrosura se encontró por partida doble: una aderezada con especias y salsa tomatosa (vivan los neologismos mal construidos) y la otra en sus letras clásico/modernas, que son muy de usted, Señor.

Dídac at dídac dijo...

a mi ya me dio hambre... yo digo, que el aasunto de ser "alegres" cuando comemos pizza es que el contenido de los carbohidratos producen dopinas!, es como drogarse... o quiza yo me drogo antes de comer?, pero no es asi!! jaja, y al dia siguiente, despues de una comilona, siento un remordimiento enorme, como cruda n____n... pero esto de la globalizacion, ha sido muy fatal para algunos, y han beneficiado para otros, y leugo en el centro del mundo, donde llega una cosa rara y la hacen una misma, pierde su escencia, pero tambien adquiere texturas.

pero sii, que rica es la pizza!!.

no se si darte, mi sentido pesame, o una felicitacioon enorme... pero lo que si se, es que te deseo todo el exito en tus proyectos!

Saludoos y abrazoos! :)

Iván dijo...

Me considero un fan de la pizza. Bien, bien, me gusto mucho.

Saludos

vanto y vanchi dijo...

¿En serio? Ay, me siento tan fuera del mundo....

Again: ¿en serio?