miércoles, 1 de octubre de 2008

Tlatelolco de mi Sangre

Mi abuelo dejó que el teléfono sonara varias veces antes de contestar. Del otro lado de la línea la mujer de mi tío esperaba llena de ansiedad a que el viejo levantara el auricular. Cuando finalmente lo hizo, no se demoró en ir al grano, No encuentro a mi marido por ningún lado, suegro, anoche no llegó a dormir, si no le avisé antes fue para no preocuparlo. Mi abuelo guardó silencio. Hizo un rápido repaso mental, su hijo no tenía por costumbre, hasta donde él sabía, irse de putas o agarrar la parranda con sus amigos y desaparecer toda una noche. Discutieron por algo, preguntó mi abuelo, No, para nada, contestó ella, nos despedimos en la mañana como de costumbre, lo esperé despierta toda la noche, estoy asustada. Mi abuelo miró el reloj, pasaba ya del medio día. Colgaron.

Vamos a casa de los muchachos, arréglate rápido. Lleva algo de comer, te explico en el camino.

En la esquina de la calle, a unos metros de la casa de mi tío, una camioneta sin placas se había estacionado apenas. En ella viajaban unos cinco o seis policías que se disponían para el asalto. El jefe del pequeño escuadrón hizo una seña a sus subordinados para que esperaran. Un datsun rojo se detenía en ese mismo momento frente al jardín del implicado. Una pareja de ancianos bajaron del automóvil en el momento en que aparecía en el umbral de la puerta una mujer con su bebita en brazos. Qué lleva la vieja en las manos, preguntó uno de los agentes al jefe. Parece un refractario, no crees. Y si es un artefacto explosivo, mi capitán. Ahora lo vamos a saber.

No habían terminado de saludarse los suegros con su nuera y su nieta cuando de la nada apareció una banda de policías encapuchados que rápidamente, con gritos, insultos y amenazas, los secuestraron sin dar mayores explicaciones. Qué es esto, preguntó mi abuela. Que chingados le importa, pendeja, le contestaron. A la camioneta entraron, apurados y con la mirada en el suelo, la mujer de mi tío con mi primita en brazos, ambas llorando de miedo, mi abuelo, y mi abuela, todavía con su postre de limón en las manos.

Dónde está su hijo, carajo. No sé, señor, ya se lo dije muchas veces. No se haga el que no sabe, dónde lo escondieron. En ningún lado, señor. Mire, si no me dice se va a meter en un problema, quiere que traigamos acá a sus hijas para que las interroguemos también o qué. Dónde está mi mujer, señor. Contésteme lo que le estoy preguntando, dígame si su hijo pertenece a una célula anarquista. A una qué, preguntó mi abuelo. Por toda respuesta recibió un cachazo en la mandíbula que lo noqueó.

Si a mi abuela le fue mejor o peor, nadie lo sabe. Nunca habló de eso, ni siquiera cuando se lo preguntaron los investigadores de la universidad que publicaron un libro sobre la represión de los movimientos sociales de mil novecientos sesenta y ocho. Nadie lo dice, pero en el fondo, todos creemos que fue violada. A la mujer de mi tío la separaron de la niña y la interrogaron aparte durante horas, terribles horas llenas de desesperación.

Los reunieron luego a los cuatro en un cuchitril con olor a miados. Todos llevaban los ojos vendados y habían perdido la noción del tiempo. Les pasaron un plato grande con caldo de pollo recién descongelado. Reducidos a animales en cautiverio, muertos de frío, comieron con las manos y en silencio. Un militar les apuntaba con su rifle.

No saben nada, el hijo no los tenía enterados de sus actividades clandestinas, mi general. Ya suéltelos, pues, y me felicita de mi parte a la señora por el postrecito, estaba riquísimo, tanto que me dan ganas de repetir, dígale que a ver cuándo vuelve a venir.

Mi tío permaneció escondido en el pueblo de Tepoztlán el resto del mes de septiembre, sin poderse comunicar con su familia por miedo a que lo localizara el gobierno. Regresó a la Ciudad de México el dos de octubre, muy temprano. Cuando llegó a su casa, mis abuelos, su mujer y su hija lo esperaban en la mesa de la cocina. Nos llevaron, pero no dijimos nada. Hijos de perra, los lastimaron. Ya estamos bien, no pienses en eso, acá está el paquete que te vinieron a dejar, Gracias, papá. Hijo, esa caja no tiene cócteles molotov, verdad, preguntó mi abuela, pero no le contestaron, en lugar de eso, recibió un beso en la frente. No te preocupes, mamá, voy a Tlatelolco y regreso en la noche.

Tengo frente a mí una fotografía. El cuerpo de mi tío yace abatido por las balas junto al cadáver de una muchacha con el uniforme de las edecanes de las olimpiadas. Desde lo alto del edificio Chihuahua, en la Plaza de las Tres Culturas, manos enfundadas en guantes blancos abrieron fuego en contra de los miles jóvenes ahí reunidos. El contenido de la caja de cartón se desparrama en el suelo. No son cócteles molotov. Son panfletos, cientos de panfletos estropeados, empapados en sangre, empapados en la sangre de mi tío muerto, empapados en la sangre de mi sangre.

A cuarenta años de la masacre, dos de octubre no se olvida.

14 comentarios:

Champy dijo...

Jamás!!!

Estoy cansado de leer estas historias y no controlar mis lágrimas....
De leer y saber que todo es peor y la gente mi gente le cree a Lopez Doriga, de que aún a estas alturas todavía dude la gente de votar y por quien votar.....

Tu foto es un tesoro.

Cuenta con ello.

Paul dijo...

¿Cómo comprenderlo?

¿Cómo aceptarlo, asimilarlo, olvidarlo o perdonarlo, cuando en realidad esos 40 años son sólo un espejismo?

Gracias por el post. Creo que nos permite seguir dimensionando la crueldad de lo sucedido y por lo tanto, la magnitud de su importancia histórica.

el juntacadáveres dijo...

hola...

que bien que regresas...

leo con calma vale!!!

sobre el concurso, pues sé o creo saber donde esta el sin H, pero pienso que él quiere pasar desapercibido por ahora... ya sabes, el amor... aunque eso, sabemos, no es para siempre... jajaja

Mortajazario dijo...

aYYY! Que la ideas sean armas, si todo el miedo que fundan.

No sé que decir a pesar de que la "tragedia" se vuelva pública, me molesta el hecho de que se torne en contra de lo que puede o pudo representar; por la manipulación masiva.

No hay cambio, hay miedo; me constan lo cutrichiles llenos de miados y otras cosas y el general "tan amable" que no cabe en su doble moral.... Y ante tanto me pregunto, qué sigue, qué nos toca...

MANCHA dijo...
Este blog ha sido eliminado por un administrador de blog.
MANCHA dijo...
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[ Raúl de Alejandría ] dijo...

Dado que fui víctima del terrorismo bloggero, específicamente de la Mancha (como el nombre del que no quiero acordarme) me he visto en la necesidad de revisar los comentarios antes de publicarlos. Lo detesto, pero así tiene que ser cuando la violencia alcanza hasta estos espacios.

Dídac at dídac dijo...

no te volvere a cometar, por que reprimes a tus lectores, a una acto pánico de expresar, el arte exageracionista, y me refiero a los de la mancha.. y ni siquiera es violencia.

Dídac at dídac dijo...

y no debido a un acto irracional, y no debido a un acto que no expresa "nada", aun asi proyecta un algo; un acto PANICO, radica en lo no fundamentado, exagerar, enajenar lo ya enajenado, que es la nada? si no un vacio que exprea el infinito sin saber que se esta desfragmentando.

lo insubstancial no expresa nada?, entonces que es el expresionismo abstracto?, los petas dadaistas?.

si no sabias yo tambien soy mancha.

Dídac at dídac dijo...

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(y no somos adolecentes)

Dídac at dídac dijo...

aah se me olvidaba,
me dio gusto que regresaras,
tanto tiempo ausente
I hate you :)

[ Raúl de Alejandría ] dijo...

Andale pues... quién soy yo para reprimirte. Pero uno y ya, eh.

Dídac at dídac dijo...

te invito a que veas, el trabajo que realice con ellos como su ilustrador, en su ultima antologia..
en mi blog aa derecha hay un lick para descargarlo.

cuidate.

Iván dijo...

Excelente post.

Pasando a visitar, tarde.

Un abrazo.